«Si el sentimiento es lo que hace funcionar las cosas, no vamos bien»

Entrevista a Jaume Casanovas
Jaume Casanova
Jaume Casanova

Ingeniero técnico y consultor en el sector de la construcción, fue alcalde de Vilanova i la Geltrú durante una larga etapa, y también gobernador de Lleida y Barcelona. Afiliado al PSC, es miembro de Federalistes d’Esquerres.

¿El Federalismo es la respuesta a la contradicción entre lo propio y lo común?

Europa está en una disputa entre lo nuestro y lo de todos. Esta hegemonía que se desprende del pensamiento de “lo nuestro”, que es cerrado, que es mirarse al ombligo, pensar que viajando por el mundo solos sobreviviremos mejor. En una charla que di hace poco en el pueblo, comparaba la situación de hace cuarenta años, cuando empezamos con los ayuntamientos democráticos, con la de ahora. Entonces, nuestro mundo se acababa un poco más allá de Viena. Más allá había otro, pero que era infranqueable. Ahora, 40 años después, tenemos un ferrocarril que viene de Shangai hasta el centro de España, en un mundo que llega hasta el Pacífico, físicamente. Reinventamos la Ruta de la Seda y nuestro horizonte, de hecho, se ha abierto de una manera espectacular. Esto era impensable en el 79, cuando empezamos a gobernar nuestros municipios.

¿En este mundo nuevo, aquéllos municipios siguen siendo lo mismo?

En este contexto, las unidades que actúan o tienen un peso determinante o, como dice Cohn-Bendit, en la película “Federal”, el peso de Francia dentro de 30 años será parecido al de Andorra ahora y el de Alemania al de Luxemburgo. Es una metáfora, pero está bien. Porque hacemos aquí, en Europa, una comunidad de 500 millones de ciudadanos, o nos costará salir adelante. Cosa que requiere un sistema que respete, sea leal… Y ahí es donde estamos descubriendo, fabricando el federalismo. Lo cual quiere decir que se caen los Estados nación, que fue un invento del siglo XIX. Costará más o menos, porque hay muchos intereses en mantenerlos. Pero, desde luego, en este contexto es absolutamente impensable inventar otros Estados-nación, como alguien pretende en Cataluña. Esto es de locura, pero no me sorprende porque, por ejemplo, yendo a comprar el periódico en San Quentin de Mediana, el vendedor se atrevió a plantearme el tema de la independencia (en mi pueblo todo el mundo sabe cómo pienso; tengo un mástil de 5 metros con la bandera europea en el jardín, que debe ser la única en el Penedés) y cuando empiezas a argumentar, finalmente sale aquello de que éste es un problema del corazón. Si el sentimiento es lo que hace funcionar las cosas mal vamos.

Así las cosas, o se asume la realidad y se la hace frente o sucumbimos al repliegue, que es lo que plantean los nacionalismos….

En este contexto Europa está llamada a generar una realidad en la que, por supuesto, España y Cataluña tienen que estar incorporadas. Para ello hay que encontrar un mecanismo y para mí el más normal, el que más se adapta a las cosas, porque permite la participación de cada uno, exige lealtad, tiene la correspondencia de los unos con los otros, es la organización federal. El otro día publicaba El País un artículo sobre los nacionalismos y la izquierda, cuya tesis, muy interesante y muy válida, es que no hay repliegue posible y si lo hay vamos al desastre. Si triunfa el nacionalismo, disfrazado de particularismos o lo que sea, vamos a los peores momentos del siglo XX.

¿Dónde está la resistencia a la cesión al entendimiento, la cesión de soberanías y el pacto que conlleva el federalismo?

Creo que los Estados tienen una tecno-estructura, algo de esto que alguien llamaba “El palco del Bernabeu”, que son grupos de poder, en los que encuentras periodistas, banqueros, jueces, grandes familias…, hay trabado un cúmulo de intereses que lo que quieren defender son sus privilegios. Algo que caerá, como hemos visto caer durante el siglo XX particularismos, porque no se aguantan. Pero, en todo caso, se resistirán.

¿Y por donde, previsiblemente, avanzará el federalismo? ¿Por pequeños pasos, o de golpe, vía por ejemplo tratados, a escala europea?

Creo que el federalismo llegará por los pequeños pasos. Aunque todavía insuficientemente, Europa ha creado un conjunto de instituciones, generadoras de iniciativas, que, poco a poco y a veces de modo contradictorio,  van tejiendo una nueva malla. En ella, sin duda, tendrán mucho que decir las ciudades. En China, en la India, se están creando mega-ciudades y también en Europa, donde se está consolidando desde hace años un mundo local, en el sentido de organización municipal, que va a jugar un gran papel en el nuevo orden global. La Constitución española recoge de una manera clara tres niveles administrativos, la general del Estado, la autonómica y la local, que es unan organización del Estado. Este mundo, el local, está aún por desarrollar. Se habla mucho de las transferencias de la Administración central a las Autonomías, pero hay que hablar de transferencias del Estado y de las Comunidades Autónomas a los municipios. Esto se ve a producir inevitablemente, porque las ciudades (París está construyendo una mega-ciudad, que tendrá 30 millones de habitantes) acabarán pesando tanto como los Estados. Habrá un nuevo complejo local que va a discutir con fuerza su papel a los Estados nación, lo cual abre una nueva vía para desarrollar un federalismo cooperativo, poliédrico…

Las grandes ciudades colaboran y compiten, se interesan por lo que pasa en ellas, más allá de sus territorios inmediatos…

Si Barcelona no actúa para tener un peso para ser reconocida como un primus inter pares de las grandes ciudades, lo cual conlleva actuar en un arco que va desde Vendrell a Mataró, estableciendo con todo este mundo un pacto de convivencia, no tendrá ninguna relevancia en este mundo que se dibuja. Para dialogar a escala internacional tienes que tener un perfil que lo permita y encontrar un acomodo en un nuevo mundo, que pasa por la relación entre las ciudades.

¿Esto que plantea no debe gustarles nada a los nacionalistas y, específicamente, a los catalanes?

Los nacionalistas catalanes están alineados con los nacionalistas europeos, que, como todo el mundo sabe son, lamentablemente, la extrema derecha. Los soportes de Puigdemont en Waterloo son la extrema derecha flamenca. Me han interesado mucho los acontecimientos de los años 30 en Europa. Y los discursos, las tomas de posición de esta gente se parecen mucho a todo aquello. Y los discursos de muchos nacionalistas catalanes se asemejan a los de Onésimo Redondo o José Antonio Primo de Viera.

¿Y así llegó Artur Mas?

Lo que primero llega en el independentismo es la toma de poder por un grupo que quería una revolución económica muy entroncada con la teoría de los “Chicago boys” (Friedman y compañía), con Artur Mas a la cabeza. Empezaron los recortes, las privatizaciones, las reducciones presupuestarias para algunas partidas y apoyo a determinadas operaciones, vinculadas al capital privado. Estos llegaron y no hablaron de independencia. Se aplicaron a estos menesteres, con el soporte del Partido Popular en el Parlamento de Cataluña. Cuando esto lo intentan aplicar aquí, como antes lo hicieron en Chile Brasil, Inglaterra…, se dan cuenta que necesitan, como dice Rob Riemen, un soporte ideológico para hacerlo creíble. Y entonces inventan el independentismo. Mas no llega con el independentismo bajo el brazo. Lo usa tras iniciar el experimento neoliberal.

¿O sea, que lo de primero independencia y después el ya hablaremos, es al revés?

Claro. Ya han hablado. Hemos conseguido que este país no tenga presupuesto durante tres años. Lo cual quiere decir que, en términos prácticos, es un recorte permanente. Para cubrir esta anomalía hay que inventar una superestructura que es el nacionalismo y el corazón. Hábleme de las desigualdades, de la pobreza… En Cataluña, el preguntarse si eres de izquierdas o de derechas ha sido sustituido por lo de si eres “indepe” o no. Y si no lo eres, serás tildado de “unionista”, epíteto especialmente peyorativo porque recuerda aquello de Irlanda del Norte. Cuando lo pusieron en circulación, tenía como objetivo vincularte a unos personajes que se hicieron odiosos.

Y tras el “unionismo”, la demonización de España y los españoles, la democracia, la Constitución…

Esta gente ha tratado de crear unas nuevas verdades, que no son verdades. La libertad no está por encima de la ley. Recuerdo a un compañero que siempre decía “la libertad es la ley”. Ahora, resulta que aquí ahora podemos saltarnos la ley organizando, por ejemplo, referéndums ilegales, porque “nosotros tenemos derecho”. Cuando esto se combina con las movilizaciones, etc. resulta altamente peligroso.

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