Fobia a la visibilidad

El odio es un sentimiento de rechazo, de repulsión, de aversión a aquello que a menudo no se conoce, lo contrario del amor y, también, de la indiferencia. El odio, dicen, es irracional, pero también un arma política de primer nivel. Estamos asistiendo a la pujanza de fuerzas ultraderechistas que basan en el odio su discurso: la misoginia, la LGTBIfobia, la catalanofobia, la xenofobia, la aporofobia, la romanofobia… no hay construcción en positivo, sólo reacción a la contra, previa al ejercicio de la violencia. El odio como elemento central de ideas políticas que quieren aprovechar la rabia social a las carencias, incitar fobias en lugar de construir oportunidades y alternativas.

Esta construcción social y política se asienta sobre la negación del derecho a ser del otro, la negación de la necesaria empatía humana que construye una comunidad con el deseo de compartir para convivir. El odio divide, rompe las redes, niega el diálogo y se enquista en una irresoluble forma de entender el conflicto que supone la irrupción del diferente. Se odia, sobre todo, aquello que pone en cuestión una visión hegemónica que, aunque es falsa, perniciosa a veces y constrictiva, se presenta como el mejor mundo habitable, protegido por una garantía superior que es el orden de una sexualidad binaria, de una cultura blanca, viril, dominada por la hegemonía económica.

Ante esto la invisibilidad es un refugio y a la vez una embestida a la socialización de la diversidad. Ser y hacerse visible es un riesgo para muchas personas: ser negra, mujer, joven o grande, pobre, lesbiana… te hace pagar cara la osadía de señalar que hay más mundos, más centros, más culturas, más sexualidades, te deja fuera de un sistema construido en base a un sujeto político único: ser hombre, adulto, heterosexual, blanco y propietario, y que pretende el pensamiento único. La política construida desde el odio niega todo lo diferente y hace invisible o que puede mostrarse como tal.

El 17 de mayo se conmemoró el Día Internacional contra el LGTBIfobia y es bueno hacer patente lo que se quiere invisible, lo que comúnmente dejan "en el armario". En abril, en Kiev, tuvo lugar la segunda Conferencia Europea de Lesbianas. Las asistentes sufrieron agresiones y acoso por parte de la ultraderecha católica y tuvieron que confinarse en el hotel donde se celebraba el acontecimiento. Ser visibles las ponía en riesgo. Un solo medio estatal y un digital nacional recogieron estos hechos y los hicieron visibles. Ha pasado un año desde el asesinato de Marielle Franco, una concejala de Río de Janeiro, la quinta más votada en la ciudad, la segunda mujer más votada en Brasil.

Marielle era mujer, negra, lesbiana y vivía y provenía de las faveles. Era defensora de los derechos humanos, activista feminista y LGTBI, denunciaba los abusos contra los colectivos y las personas más vulnerables. Su compañera y esposa, Monica Benicio, dijo a su paso por Catalunya el pasado 17 de mayo: "Marielle buscaba todo aquello que la política no tenía". Ser visible y crítica le costó la vida. El odio, una vez más, contra la adversaria política y la diferente. El odio es presente en nuestro día a día pero también en las propuestas políticas que nos rodean, en la información que nos llega. La cortesía parlamentaria ha dado paso a enfrentamientos y a la negación de la palabra.

¿Quién habría pensado hace unos años que un diputado, o un grupo, algunos de ellos presos políticos, no podrían prometer su cargo sin que el ruido de los golpes impidiera que se escuchara su voz? ¿Quién habría imaginado las miradas de odio entre adversarios políticos a los que consideran, claramente, enemigos a abatir? El odio contamina nuestras vidas, ensucia los pensamientos y las ideas y corrompe las relaciones. Las fobias dividen a la clase trabajadora y legitiman la violencia contra aquel o aquella que es crítico o expulsado por el sistema dominante. Aquello que es, o quiere ser, dominante y único expulsa aquello diverso, heterogéneo, quiere la uniformidad y la sumisión. El odio no soporta la disidencia y convierte en disidente aquello que no le place. Los derechos humanos y el odio son polos opuestos, no son posibles el uno con el otro.

Construir proyectos políticos en base al odio comporta recortes de derechos para todo el mundo, pero especialmente para las mujeres, que somos la mayoría social pero con nuestra presencia ponemos en entredicho el sistema, y para aquellos colectivos o personas considerados minoritarios: LGTBI, diversidad funcional, diversidad religiosa, diversidad étnica y racial, vulnerabilidad económica o social… En definitiva, el odio es opresivo, impugna la democracia y pone en riesgo la visibilidad.

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