¿Feminismo o barbarie?

Hasta ahora, todo debate o reflexión sobre la relación entre mujer y política ha gravitado sobre todo en torno a un eje: la paridad. Estar ahí. La importancia de la presencia.

No seré yo quien le quite importancia a este eje. La paridad es necesaria. Es sobre todo una cuestión de justicia y de democracia: si las mujeres somos la mitad de la ciudadanía, debemos estar representadas, al menos en la misma proporción, en los sitios donde se toman las decisiones que afectan a la población.

Y aunque se han hecho muchos avances, la paridad en las instituciones aún no es real. En el Parlamento de Cataluña somos ahora mismo un 42% de mujeres, pero en el Congreso, el Senado y el Parlamento Europeo aún no se ha llegado al 40%. Y en el mundo local, hay un 35% de concejalas electas en Catalunya, pero sólo un 18,5% de alcaldesas.

Estar es importante. Es condición sine qua non. Pero no es suficiente para transformar. No, si lo que queremos es que la presencia de las mujeres en la política sirva para cambiar agendas y prioridades, para hacer políticas feministas, con perspectiva de género, y para cambiar la propia forma de hacer las políticas, los procesos para diseñarlas y la gobernanza institucional.

La experiencia ya nos ha demostrado que una mayor participación de las mujeres en los partidos y las instituciones incide en la inclusión de la igualdad de género en las agendas políticas (temas como la violencia de género, los derechos sexuales y reproductivos, derechos vinculados a la igualdad en el trabajo o en la participación política). Pero aún son pocos los ejemplos que nos demuestren giros trascendentes en las formas de hacer políticas. Los más significativos son los que se han alcanzado los ayuntamientos que han apostado fuerte por la gobernanza en red, o por incorporar la perspectiva de género en todas las fases de un plan o presupuesto. Hay que destacar, evidentemente, el esfuerzo realizado en los últimos años por un ayuntamiento grande como el de Barcelona. Pero a nivel catalán o español seguimos encontrando todavía demasiadas trabas para que prosperen cambios reales.

¿Cuál es el problema entonces? ¿Y cómo podemos superarlo?

Hay que estar, evidentemente. Todavía hay muchas esferas institucionales a conquistar para poder estar allí con normalidad democrática. Pero hay que estar con perspectiva de género constante. Y eso cuesta. Comporta romper dinámicas y esquemas enquistados y revisar de arriba abajo todo lo que se hace. Pero es sano, es bueno y, como han demostrado ayuntamientos diversos, termina siendo muy positivo. Y hay que estar también con la conciencia de que la presencia en las instituciones, hoy en día, no es suficiente para cambiar todo lo que hace falta.

Y es que la transformación real no vendrá sólo feminizando la política, sino el poder. Y el poder real actual, que incide en mil aspectos la vida de la gente, no está solo – o no principalmente- en las instituciones democráticas. Y aquí todavía tenemos más trabajo pendiente. Porque, ¿cuántas mujeres están en el poder a las empresas del IBEX 35, cuántas son directivas de grandes corporaciones, o de patronales, o de los bancos, o de los grandes grupos de comunicación? ¿Cuántas hay en los lugares clave del BCE, en las Naciones Unidas?

En un momento de crisis de legitimidad del sistema político e institucional, en un momento de traslado claro del poder a espacios menos democráticos y menos accesibles aún para las mujeres, necesitamos abrir el foco y pensar en gran angular.

De aquí saldremos con más feminismo. O, yendo hacia atrás, "feminismo o barbarie", si se me permite el símil con la expresión de Rosa Luxemburgo… entendiendo que feminismo comporta apuesta por la igualdad, por la democratización de los espacios de poder, por situar a las personas en el centro del sistema… Por cambiar, por lo tanto, las bases de un sistema económico y de poder que se sostiene en el trabajo precario, o invisible y gratuito de muchas mujeres y en el ejercicio de poder de unos sobre otros.

Estamos en un momento crítico, en el que podemos perder mucho o dar pasos clave adelante en elementos que toquen lo que realmente importa. Yo soy optimista. Las calles han hervido en los últimos años con savia feminista nueva, y con lemas renovados. Pero sin olvidar los objetivos de siempre: tenemos que estar, por justicia democrática, pero no sólo queremos estar, queremos transformar. Para garantizar derechos y oportunidades para todos. Por tanto, no cesaremos, ni en la escalada por estar allí, cada vez más, ni en el esfuerzo para transformar, con más intensidad.

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