Añorando a Ernest Lluch

Joan Esculies, autor de 'Ernest Lluch, biografía de un intelectual agitador' explica que, indefectiblemente, cuando acaba una presentación del libro, alguien del público le pregunta qué pensaría el que fuera ministro de Sanidad y Consumo del primer gobierno de Felipe González de la situación actual en Catalunya. Si sería independentista o no. Esculies, historiador riguroso, contesta siempre que no lo sabe. En cambio, quien ha hecho la pregunta dice que sí que lo sabe y, dependiendo de su ideología, sitúaa  Lluch en el bando independentista, federalista o el que sea.

Yo tampoco soy capaz de contestar a esa pregunta. Claro. Tengo amigos que se han transformado en independentistas convencidos en una conversión que nunca hubiera imaginado. Si me obligaran a decantarme diría que sería federalista, pero nadie puede hablar por las personas que ya no están.

He recuperado a Lluch al leer la biografía de Esculies y, también, al ver como un grupo de gente increpaba a Josep Borrell, que también fue ministro de Felipe González, cuando iba a participar en un acto público, en Terrassa. Al parecer, ser ministro catalán y socialista va aparejado con ser duramente criticado y abucheado en Catalunya.

En la primavera de 1999, Ernest Lluch participaba en Donosti en un acto de apoyo a Odón Elorza, como candidato socialista a la alcaldía de la ciudad. Un grupo de abertzales radicales intentó boicotear el acto, que se celebraba en un plaza donostiarra, gritando todo el rato. Cuando intervino, Lluch les dijo: "Gritad, gritad, que mientras gritáis, no matáis". Difícilmente se sabrá si aquellas palabras excitaron suficientemente el odio etarra para que alguien, no sabemos aún quién, ordenara su asesinato. Un comando de ETA lo mató el 21 de noviembre de 2000, en el garaje de su casa.

Lo que sí tengo claro es que Ernest Lluch continuaría, hoy, apostando porque la gente, los partidos, los tertulianos, fueran más constructivos, aportaran soluciones y dialogaran en vez de insultar y cerrar los oídos a las ideas de los demás. Y si, además, se puediese debatir con un poco de sentido del humor, mucho mejor.

Me encantaba su sonrisa burlona y pícara.

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