Un Baileys, por favor

El veterano periodista gallego, amigo por más señas de Juan Tallón, redondeaba el sueldo arbitrando partidos de fútbol. Con penas y fatigas había llegado a Tercera División, pero se encontraba ya en esa etapa de la vida en la que la barriga crece al mismo ritmo que se debilitan las piernas. Las segundas partes le resultaban eternas.

Metódico como era, cuando acababa el partido se duchaba, se vestía de calle, cogía la bolsa y el ordenador, y buscaba algún bar tranquilo para disfrutar de un Baileys con hielo. Entonces redactaba el acta del partido y la crónica para el diario, pues aprovechaba los días de arbitraje para ejercer de corresponsal deportivo. Tras una tarde aciaga en la que consiguió desesperar por igual a tirios y troyanos, al firmar el acta sintió que había tocado fondo como árbitro, pero enseguida escuchó la voz interior del periodista diciéndole que no todo estaba perdido, que aún quedaba una rendija para la salvación. Apuró la copa de Baileys, abrió el ordenador y empezó la crónica: “Desastroso arbitraje en el estadio de la Pineda…”.

Un hombre así merece todos los honores, aunque estoy convencido de que los rechazaría. Yo le compraría un coche de segunda mano, le prestaría libros y le daría las llaves de mi casa.

En estas tierras –y pongan aquí el nombre que quieran, da lo mismo– cuesta mucho reconocer los propios errores, por pequeños y flagrantes que sean. Conviene precisar que se trata de una tendencia que afecta a todo el género humano. Todos somos pasto de la vanidad, y nuestro primer reflejo, cuando alguien cuestiona nuestra conducta, es darnos la razón y negársela al otro.

Pero aquí, en nuestra casa, el que se ve pillado colándose en la fila de la panadería o distrayendo alguna cosilla en el súper no suele distinguirse precisamente por admitir el hecho y pedir excusas, sino, bien al contrario, por negar lo evidente, adoptar un aire desafiante, y, con frecuencia, acorazarse en la ira y el insulto. El resabiado, el insolente, el matón de bajos vuelos, forman parte de nuestra fauna más autóctona.

Por eso, a nadie debería extrañarle que una sociedad como la nuestra haya generado una clase política que, salvo en contadísimas excepciones, sufre una incapacidad patológica para admitir sus equivocaciones. En realidad va mucho más lejos, porque suele alardear de ellas y, en los casos más extremos, disfrazarlas como virtud e incluso como sacrificio: “Lo hice por España”, “lo hice por Cataluña”, “lo hice por el partido”.

Además de esa vanidad de base que todos compartimos, los políticos suelen padecer un cuadro infeccioso múltiple que lleva al extremo su incapacidad para aceptar los errores: sectarismo, necesidad del calor de la tribu, lealtad lacayuna como sistema básico de promoción y, desde luego, voluntad de comer caliente cada día.

Centrándonos en los sucesos que vivimos en septiembre y octubre de 2017 y que nos traerán tantos años de cenizas, el ejemplo del árbitro gallego aún podría actuar como bálsamo de nuestras heridas.

Los partidos independentistas, que se consideran la encarnación de las esencias democráticas, podrían reconocer que lo que ocurrió los días 6 y 7 de septiembre en el Parlament de Catalunya fue un golpe vil contra la democracia y la convivencia (“desastrosas sesiones…”). Rajoy y sus dos linieres, Fernández Díaz y Pérez de los Cobos, podrían admitir su error monumental del 1 de octubre (“desastroso operativo…”). Puigdemont debería tener el coraje necesario para asumir que cometió un gran error no convocando elecciones el día 27 de octubre y proclamando confusa y fugazmente la independencia, y otro más abandonando Cataluña el día 30 para eludir la responsabilidad de sus actos como presidente de la Generalitat (“desastrosa declaración…”, “desastrosa huida…”).

Con estos gestos tan sencillos ganaríamos mucho en la recuperación de la concordia y en la restitución de la verdad.

Como veo muy difícil que esto ocurra, he decidido aportar mi granito de arena. He comprado una botella de Baileys y me he impuesto tomarme un vasito cada vez que meta la pata. Puede que acabe alcoholizado, pero merecerá la pena.

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