¿Diálogo es traición?

Las cuentas del gobierno de Pedro Sánchez han sido un verdadero vía crucis. Sobre todo, porque sabía que no podía avanzar sin el apoyo de los independentistas catalanes (ERC y PDECat), que cumplieron su amenaza presentando una enmienda a la totalidad y votándolas en contra el segundo día que se hacía un juicio manchado por la parcialidad manifiesta de la judicatura española. El PSOE lo tiene muy cuesta arriba y, más ahora que, ante la posible figura aceptada de un relator, la España en blanco y negro se movilizó y se envolvió con la bandera en la plaza de Colón.

Un relator que, a priori, tendría que haber convocado y resumido los principales puntos de los encuentros entre equipos negociadores. Un personaje que, para no buscar polémica, la vicepresidenta intentó relativizar antes de que la presión la forzara a congelar las negociaciones. Pero, desde la oposición, su función –aunque ahora ficticia– se ha visto como una auténtica traición a la unidad de la patria: un concepto, el de traición, que se ha exacerbado desde las páginas de la caverna mediática y las portadas de diarios escritos haciendo uso del populismo de manual. En determinados círculos de Madrid, diálogo es traición. Desgraciadamente, como quizás también se interpreta desde determinados sectores hiperventilados del independentismo.

La voluntad de diálogo no se puede despreciar nunca. La posición de fuerza que el independentismo tenía en el Congreso para aprobar las cuentas del PSOE le permitió tensar la cuerda y provocar concesiones en la Moncloa. Pero ya se sabe que ante una situación como esta los que hoy han presionado se verán obligados a retroceder en algun otro momento, si quieren hacer real la negociación. El relator, o mediador, era una condición sine qua non para que se pudiera hablar de igual a igual, para encontrar un espacio común, compartido; pero, dado por cerrado el episodio (¿o explotado el globo sonda?) nadie puede negar la mayor: si en algún momento hay diálogo, este implica cesiones.

Quienes no quieren entender nada son los partidos de la ultraderecha. Todos ellos, porque la emergencia de Vox y su idea retrógrada de España ha supuesto un giro copernicano al liberalismo moderno que, de puertas afuera, querían representar el PP y Ciudadanos. Vuelven las expresiones de la España neoaznarista, las actitudes despectivas y patriarcales, las visiones monolíticas y hegemonizantes de una determinada interpretación de la historia de la Península. Para todos ellos, aceptar el diálogo supondría poner en entredicho el relato monocolor, sesgado y cómplice de la ultraderecha que les ha llevado, años y años, a pescar votos por todas partes donde el dictador no había muerto todavía en determinados imaginarios colectivos.

La valentía no se expresa con testosterona ni a golpes de titular aprovechando la inmediatez y la volatilidad de las redes sociales. La valentía, en política, se expresa saliendo de la zona de confort y cogiendo el toro por los cuernos. Las posiciones maximalistas han llevado a España, y también a Catalunya, al abismo. Las posiciones maximalistas, donde sea, pueden acabar generando una frustración difícil de gestionar. Ya se sabe, si nos remitimos a la práctica deportiva, que las victorias por goleada no son habituales: los partidos suelen ser competidos, con altibajos, pero las goleadas son más una casualidad que una constante. También en la política, las victorias fáciles no son el pan de cada día, como me recordaba mi maestro en el Centro Documental de la Comunicación de la UAB, el profesor Eugeni Giral. "No quieras ganar nunca por 10 a 0", me matizaba a menudo cuando hacíamos análisis electorales.

Aquellos que quieran aplastar al rival se enfrentan habitualmente con un nuevo problema: la difícil gestión de la frustración del ridiculizado. Desgraciadamente, a pesar de la ilusión (sólo eso) que hacía prever el deshielo, el juicio al Supremo nos pone en la otra tesitura: las ganas de venganza del deep state contra aquellos que, democráticamente, pusieron en entredicho las bases de la España autonómica. Veremos qué pasa en las próximas elecciones, pero conocedores de la fuerza del Estado, si la negociación entre gobierno central y Generalitat no se recupera, será muy difícil que el independentismo pueda claudicar indefinidamente ante la embestida del Supremo, ante aquel poder judicial controlado "desde el detrás", según el whatsapp de Ignacio Cosidó (PP).

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