Un proceso proceloso…

Sin entrar a fondo en el entramado jurídico del enésimo episodio de crisis entre Esquerra y los sectores más cercanos al presidente Carles Puigdemont, sirva el caso para constatar que el bloque independentista llega al clímax del juicio del 1 de octubre fuertemente dividido. Dicen los postconvergents que el recurso al Constitucional contra el presidente Roger Torrent (ERC) y el resto de la Mesa del Parlamento, es sólo una argucia legal para llevar el caso a instancias judiciales europeas. Dicen los republicanos que era prescindible, que para recurrir a Europa con las resoluciones del juez Pablo Llarena había más que suficiente. Tampoco se ponen de acuerdo en si los primeros avisaron a los segundos; mientras JxCat jura y perjura que lo hicieron, Esquerra niega la mayor. Visto desde fuera y en clave política, llama poderosamente la atención que Puigdemont lleve Torrent al Constitucional, y que a la postre lo haga la víspera del juicio; extraña porque son socios y porque hace dos días el Constitucional era el demonio personificado, a quien el independentismo deslegitimaba día sí y día también. Y ya se sabe que, a quien no le gusta el sol, no le gusta en la playa, pero tampoco en la montaña…

Con la CUP comiendo aparte, la nueva crisis de los socios de Gobierno parece del todo inoportuna. Desengañémonos, no es la mejor manera de afrontar un juicio tan delicado como el que pronto se verá. La sobregesticulación de Puigdemont llega en mal momento. Pero, en paralelo al juicio hay elecciones, municipales y europeas, y al final en política, lo primero es lo primero. Durante el juicio, los presos independentistas centrarán sí o sí toda la atención y parece lógico que así sea. Sería descabellado que alguien intentara, desde Waterloo o desde donde sea, reclamar su cuota de pantalla. Como diría el ex presidente Jordi Pujol, "ahora no toca".

Decía el otro día el presidente de Òmnium Jordi Cuixart, una de las mentes preclaras de este galimatías, "el soberanismo ha de dar juego a nuevos liderazgos". Estaríamos de acuerdo. A estas alturas, es público y notorio que Puigdemont y el que fue su vicepresidente, Oriol Junqueras, no se entienden ni se entenderán nunca, y no descubriremos nada nuevo si decimos que ambos personajes, uno desde de Waterloo y el otro desde la prisión de Lledoners, continúan ejerciendo un alto grado de poder. Para deshacer el nudo del proceso se necesitan nuevos liderazgos y más sacrificios. Para salir de este callejón y encarar Cataluña hacia donde la mayoría de ciudadanos quiera, se tendrán que rehacer varios puentes y parece básico pensar que esto no lo harán quienes los demolieron. Lo más chungo del caso es que, cada día que se pierde, el nudo se hace más grande y aumenta la complejidad para deshacerlo. Desgraciadamente, en política demasiado a menudo los odios son hereditarios y la relación (mala) entre Puigdemont y Torrent (algunos lo señalan como el heredero republicano…) recuerda y mucho a la de Puigdemont y Junqueras. Y al actual presidente del Gobierno catalán, Quim Torra, todo parece venirle grande.

Como decía Cánovas del Castillo, "la política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible".

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