Clímax y desenlace del proceso

Hoy todavía resuenan las palabras del tuit disparatado de Quim Torra apostando porseguir el ejemplo de los eslovenos. Y es que cuesta entender que se haga incitación a la violencia por parte de la primera autoridad política del gobierno de la Generalitat de Catalunya. Pero no creo que haya que calentarse mucho la cabeza para entenderlo. Quim Torra sólo busca generar expectativas y despertar el interés del espectador sobre la secuela de El Procés, la flamante serie que se emitió por Tv3 y que se quiere prolongar con éxito, reviviendo la emoción de la primera temporada. Torra quiere calentar el ambiente para provocar la aparición del conflicto dramático que quiere que se produzca el 21-D. Si el 1 de octubre funcionó como desencadenante del conflicto y como justificación de todo lo que vino después, ¿porqué no tendría que servir para lo mismo el 21-D?

La primera temporada de El Procés fue todo un éxito. Correctamente narrada, con un buen acabado técnico y excelentes escenas de acción. No se escatimó en nada y, por momentos, incluso se podía perder de vista que se trataba de una ficción. Ahí es nada el número de actores, las horas de trabajo, los alquileres de focos y materiales y el número de figurantes que hacían de policías, de bomberos, de periodistas y de revolucionarios. ¡Parecía todo tao real!

Pero en esta nueva temporada la cosa se les ha complicado porque cada vez más les hará falta ocultar la verdadera fuerza dramática de la realidad: la huelga de médicos de atención primaria, el agotamiento social y la propuesta seria de diálogo de Pedro Sánchez. Y los espectadores ya empiezan a dar signos de cansancio, aburridos de una serie en la que todo se alarga y no acaba de pasar nunca nada.

Para acabar de complicarlo, en la anterior temporada una trama demasiado trepidante se interrumpió dejando al personal muy excitado debido a graves problemas técnicos en el guion.

En la trama del proceso ha habido demasiados clímax sin desenlace ni resolución del conflicto principal. Y esto genera tensiones no resueltas y frustración. Y eso que los guionistas tendrían que saber que hace falta que el espectador se vaya emocionando cada vez más hasta llegar al momento del clímax. Y al final tiene que haber la resolución.

Los protagonistas del proceso ya no participan en situaciones divertidas, de líos y de momentos ingeniosos con la intención de hacer una caricatura de los defectos de los españoles. Y a ningún espectador inteligente se le escapa que ahora son los catalanes los que han quedado con sus vergüenzas al descubierto, dando la espalda a una parte de España briosa y sensata, que lucha para no caer en el agujero del fascismo.

Las buenas comedias, en muchos casos, resuelven los problemas presentados con un final moralizador, mientras que la del proceso se ha ido alejando de este género dramático para convertirse en un culebrón pesado.

Los seres humanos tendemos a evitar los conflictos porque nos hacen daño, a pesar de que haya gente a quien le guste afrontarlos o incluso crearlos. Quizás este último caso es el del presidente, que encontraría en el proceso su lugar idóneo porque en esta ficción lo que hace falta es provocar el conflicto, puesto que es el motor de la historia. Sin conflicto no habría proceso. ¿Porque, en la práctica, qué verdad objetiva se le puede atribuir al proceso? ¿En qué se concreta? ¿Cómo se demuestra la verdad de la existencia de esta realidad? Y el conflicto obliga los personajes a actuar, y al hacerlo se producen más desequilibrios. Justamente el que Torra parece buscar, que el conflicto se agrave y aparezcan de nuevos. Y que cuando se intenten resolver todo se complique y se obligue a los otros a moverse de una determinada manera que siempre será aprovechable para sembrar la discordia.

¿Cómo se puede salir de esta situación diabólica? Siguiendo con el símil literario, habría que cambiar el tipo de trama que sirve para articular el relato del proceso. Y en vez de utilizar la trama de carácter punitivo se podría optar por otro tipo de trama que se articulara alrededor de las decisiones de los personajes, permitiendo la evolución psicológica, entender a los otros, hacer un aprendizaje y que se produjeran cambios positivos para todos. Pero hay que tener muy en cuenta que una buena trama, además del conflicto, tiene que tener un nudo, un clímax y un desenlace. Y la resolución del conflicto, más tarde o más temprano siempre nos traerá al mismo lugar, el desenlace que pasa por la negociación con el gobierno central.

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