Suecia: Patria, familia, stop forasteros y alabado sea Dios

Bluesky

Niños sirios duermen en la intemperie helada de Estocolmo. Es una puntita del iceberg. Este año, 10 muertos y 44 heridos por armas de fuego en la capital. Los tiroteos múltiples en las grandes ciudades suecas son un fenómeno nuevo. Otra puntita. Madres de víctimas manifestándose han removido un panorama convulso del que la extrema derecha de Demócratas de Suecia (DS) extrae el provecho, justo cuando goza de una decisiva influencia como tercera fuerza (17,6% del voto). Democristianos y moderados aceptan como socio al partido xenófobo de raíces fascistas.

¿Hay que decir nada más? Sí. El Instituto Karolinska, el centro médico universitario de los Nobel, vive un episodio novedoso de antisemitismo entre inmigrantes musulmanes de Oriente Próximo y judíos suecos de generaciones anteriores.

En inmigración, Suecia ha pasado del corazón abierto a las puertas cerradas y los puentes dinamitados. No está sola. Las democracias antes justas, eficientes y tolerantes este año se blindan, requisan, se quitan de encima la chusma al amparo de un cojín social suficiente. Suecia, Holanda o Finlandia deportan solicitantes al por mayor. La tendencia restrictiva es general: reducción de flujos, merma de derechos sociales y que los migrantes ni siquiera se acerquen a llamar a la puerta.

Paradoja: la receta amarga la aplica un estado que fue paradigma de democracia social avanzada y que mantiene prestaciones envidiables de bienestar. El grueso de los suecos conserva un cuidado exquisito por el ámbito público y un sentido de rectitud cívica. ¿Cómo se come un ADN tan progresista y de moralidad comunitaria con la falta de sensibilidad hacia el exterior desde la avalancha de hace tres años? ¿Por qué el modelo que suequizaba el mundo con el espíritu solidario hoy marca el camino de los muros y del alambre?

El portazo no se explica sólo en que toda crisis económica fabrica individualismos egoístas y los más precarios lo viven con una angustia objetiva. El giro de la opinión nace a partir de 2015, cuando el gobierno de izquierda fue desbordado en su apertura máxima a las demandas de asilo y cerró bruscamente el grifo. La contradicción dio alas a Demócratas de Suecia, que divisando la gran ocasión escondieron las raíces fascistas y estiraron del populismo: nuestras hijas ya no pueden salir a la calle por culpa de los que han sido blandos e ingenuos.

Otros ciudadanos son hostiles a políticas de acogida porque dañan expectativas electorales. La izquierda sufre una incomodidad particular por la presión de los ultras y por la complejidad de lo que está en juego. Gente concienciada llega a sentirse acosada por la falta de una respuesta conjunta, global y sostenida al drama planetario. La inmigración y la seguridad mandan el debate, y en este debate manda la extrema derecha. Los otros, a remolque.

En la Suecia rural el rechazo al incremento intenso de forasteros es notable. Pequeños conflictos de calle (la bici cogida un rato, manzanas de jardín comidas sin permiso…) o de los albergues (abusos a minorías de cristianos y de homosexuales o la rebelión cuando no hay suficientes pizzas para todos y el chef cambia el plato) se resuelven con buenas palabras y talleres de convivencia, pero engordan las predisposiciones negativas.

Xenófobos y neofascistas explotan los prejuicios. Las fake news vuelan. Medios amarillos siembran cizaña mojando pan en delitos dramáticos. Las agresiones sexuales y los agujeros legales que evidencian, el tráfico de estupefacientes o la quema de coches acaban de servir en bandeja a la extrema derecha el mejor caldo de cultivo para apoderarse del alma colectiva. Las cifras no ayudan: 103 tiroteos, 7 muertos y 41 heridos en los tres primeros meses de 2016. Ingredientes primarios: ¿que la policía ha perdido el control en las bolsas periféricas de pobreza? Más agentes, penas más duras y cárceles llenas.

Un grupo liberal ha creado un servicio para combatir falsedades y exageraciones de los que manipulan los recién llegados como una epidemia. Según Migrationsinfo, los suecos de origen extranjero por nacimiento propio o de los padres eran el año pasado 2,4 millones, más del 24% de la población. Es decir: la política migratoria funcionaba. La nueva inmigración mal gestionada no está integrada. El iceberg es amplio y profundo: gobiernos europeos actúan detrás del escudo inhumano de controles de acero, leyes de segregación, cuotas numéricas y discurso racistoide o de patria, familia y alabado sea Dios.

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