Eternamente adolescentes

Ante la abertura del juicio oral para los políticos independentistas presos, procesados por rebelión en el Tribunal Supremo y en la Audiencia Nacional, la fiscalía ha mantenido la acusación de rebelión y la abogacía del estado acusa por sedición. Desde el independentismo se aduce que no se trata de políticos presos, si no de presos políticos, ya que no han hecho absolutamente nada de lo que se les acusa. Los presos han dicho por activa y por pasiva que no se los utilice para negociar, pero a pesar de eso, sus compañeros los utilizan para mantener vivo el conflicto. De momento, la respuesta a las peticiones de penas de la fiscalía y la abogacía del estado ha sido anunciar la negativa a votar a favor de los presupuestos en el Congreso y desde el gobierno de la Generalitat anuncian que no respetarán ninguna sentencia condenatoria y movilizarán la calle para protestar.

Nadie está contento. Los partidos de derechas se rasgan las vestiduras porque consideran que el gobierno está favoreciendo a los presos y más a la izquierda del PSOE se considera que los presos no han cometido delitos tan graves.

Hace tiempo que estamos convencidos que se trata de un tema político y no judicial y que desde el gobierno anterior no se ofreció ninguna alternativa política. Pero también es verdad que desde los sectores independentistas judicializaron el problema al saltarse la ley de forma estentórea para reforzar la política de los agravios y el victimismo, justificando la ruptura. Además de teatralizar, rompiendo públicamente las sentencias o notificaciones de los tribunales, y de verbalizar continuamente que no se iba a respetar la ley, desde el Parlamento catalán se aprobaron leyes de desconexión y se declaró unilateralmente la independencia de Cataluña.

Podemos pensar que este juicio no sólo no ayuda a la convivencia, sino que mantiene viva la tensión, pero también pensamos que tanto a los partidos nacionalistas catalanes como los nacionalistas españoles se esfuerzan por mantener vivo el conflicto. Las víctimas principales de la verborrea que se mantiene desde los sectores independentistas más radicales son, precisamente, sus presos. Les aconsejamos con humildad que, si realmente quieren conseguir que disminuyan sus costes personales, que sean discretos en sus exigencias.

Si se entiende que en una sociedad democrática, compuesta por ciudadanos libres, la política tiene que encaminarse a conseguir el bien común, resolviendo aquellos problemas que ponen en riesgo la convivencia y el desarrollo social, la realidad, es que hace años que vivimos anclados en la antítesis de la política. Asistimos ahora a la exageración, al insulto y la descalificación, sin importar si con ello desvirtuamos la democracia y la debilitamos de puro hartazgo ciudadano. Pero la salud democrática también tendrá que valorarse en su capacidad correctora de estas desviaciones.

En nuestros 40 años de democracia hemos asistido a una progresiva descentralización del estado. La Constitución del 78, abierta en muchos aspectos, ha permitido evolucionar a demanda de los propios territorios. Una constitución que muchos pensaron que podía considerarse federal, pero en algunos aspectos anda coja. Los estados federales, por definición son los estados democráticos más complejos que existen, porque facilitan la convivencia y la expresión de la pluralidad. Quiere decir que tienen que ser capaces de generar mecanismos que permitan la protección de las minorías y la resolución de los conflictos.

Nuestro sistema ha llegado al final de su desarrollo: hemos conseguido el sistema descentralizado y complejo que queríamos, dejando al descubierto los problemas que no hemos sido capaces de resolver y sin mecanismos para hacerlo. Ahora hay que generar estructuras transversales de codecisión, cámara territorial, mecanismos de arbitraje y mediación.

​Por eso necesitamos realizar una reforma de la Constitución en clave federal. Para ello, hay que dejar de hacer política cortoplacista. Quizás, el momento en el que vivimos, dónde nadie puede ser el ganador si no aprende a pactar, sea también un buen momento para hacerlo. En vez de crispar, es el momento de abandonar la eterna adolescencia y generar estructuras organizativas que ayuden a resolver los conflictos

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