«Esto durará, a pesar de que ya se ha dado un punto de inflexión»

Entrevista a Eva Granados
Eva Granados
Eva Granados

¿Cómo era o se percibía la Cataluña de antes del “Procés?

Todos somos hijos de nuestra historia y de nuestras circunstancias. Para entendernos, hay que tener en cuenta cuestiones como los 23 años de poder de Jordi Pujol, de un nacionalismo conservador, que dibujaron una Cataluña, que quería trabajar y ser un único pueblo, pero que en la base del nacionalismo nunca se llegó a creer. En el fondo, toda la gente que vino a Cataluña del resto de España, lo hizo con el objetivo de organizar su vida y poder progresar. Se generaron unos consensos que, en el fondo, formalmente, han funcionado (yo misma me siento producto de aquel pacto), pero, en su evolución, se han ido deformando, hasta romperse. Visto esto en perspectiva, se percibe como las clases dirigentes del país nunca acabaron de ver como iguales a las gentes del resto de España.

¿Y antes? ¿En la Cataluña del franquismo tardío, cuál era el escenario?

Creo que hubo un compromiso de participación, de hacer suya la cultura, la historia…, por parte de la gente que llegó del resto de España. Y a luchar por las libertades en Cataluña. Ahí están las luchas vecinales y de los trabajadores, que marcaron toda una época. Muchos de los trabajadores que estaban al frente de las luchas por los derechos laborales, también lo hacían por la autonomía, por la libertad. Ahora, en un acto que se hizo en las Cocheras de Sants con sindicalistas veteranos, que reivindicaban esa Cataluña que hicimos entre todos, se habló de cómo se veían marcados como “malos catalanes”, como si fueran traidores a una patria entendida como patrimonio solo de algunos.

Todo aquello se rompe, aountaba más arriba ¿Cómo y por qué?

De siempre, ha habido un nacionalismo no independentista en Cataluña, que quería convivir en este único pueblo. Pero hubo un momento, cuando la crisis se agudizó y se puso en cuestión la distribución de la riqueza, que ese nacionalismo decidió llevar a su campo un malestar ciudadano y poner en el centro de la agenda y del debate público, social, político una cuestión que dividía profundamente, pero que entendían como una manera de difuminar el conflicto. Artur Más decidió dar el paso del autonomismo de Convergencia al independentismo. Y ahora que ha desaparecido de la escena, hay que recordar su responsabilidad en todo lo que está sucediendo.

¿Tras este paisaje, no late una cierta alarma de las clases medias, que vieron amenazado su statu quo?

Creo que ambas cosas, superestructura política y componente social, se retroalimentaron en el “Procés”. Hubo un tiempo, en que había muchas manifestaciones ante el Parlamento, sobre cuestiones sociales, laborales…, que empezaron a coincidir con las manifestaciones de los soberanistas. Sin leer las pancartas, sin oírlos, solo viéndolos se diferenciaba claramente el signo de la manifestación. Hubo un momento en que las reivindicaciones sociales fueron engullidas por el “derecho a decidir”, la república, la “estelada…” Se hizo creer a mucha gente que, si se conseguía algo tan egoísta como romper con el resto de España, si se decide de dejar de ser solidarios con una parte de tu país, vivirían mejor. Esas clases medias, que son las que han estado apoyando el movimiento, la parte más movilizada y con más capacidad de incidencia en los medios, han sido el motor de todo eso. Y gente que se ha sumado, porque si tienes muchas inseguridades, los poderes públicos no te dan respuestas (la mayoría absoluta del gobierno del PP ahoga a las clases trabajadores, empobrece al conjunto de la ciudadanía, colapsa los servicios públicos…) y te prometen algo, con un discurso fácil de que la culpa la tienen los de afuera…

¿Pensaron los artífices del “Procés” que más de media Cataluña estaba en su contra?

No sé si se pasaron a pensar eso, pero no es tan difícil ver dónde estamos. Hay compartimentos estancos, pero también mucha permeabilidad entre las diferentes realidades. Es evidente, que la Cataluña de la que hablan ellos es una parte de Cataluña. Importante, pero no mayoritaria. Quizás pensaron que actuarían como avanzadilla y que acabarían arrastrado a más gente. Hubo un momento, aquí en el Parlamento, que una diputada nacionalista decía que las cosas son así, que estas son las reglas del juego y al que no le guste que se vaya. Ahora lo vemos en los tuits de Gispert, y hay un sustrato de gente que no lo dice, pero que en el fondo piensa que algunos son más iguales que otros.

¿Y ahora, tras todo lo ocurrido, no hay una caída del caballo, como la de San Pablo?

Si sigue negando la realidad. Solamente hay que oír, día tras día, las declaraciones del Presidente Torra o las que se hacen aquí, en el Parlamento: una Cataluña sin fricciones, cohesionada, donde no hay ningún problema de convivencia… Y no se dan cuenta de que ha habido un deterioro, con fracturas y mucha desafección de un parte de la sociedad catalana, que no siente como propias muchas instituciones, porque se han instrumentalizado, con el único objetivo de mantenerse en el poder.

Con el gobierno de Pedro Sánchez, se está creando un nuevo clima político ¿Es suficiente la política a la hora de reconstruir el pacto social, que han roto los nacionalistas?

Es necesaria, pero no suficiente. Esto durará, aunque un punto de inflexión ya se ha dado. Estamos iniciando una fase en la que lo primero pasa por calmar los ánimos. Tengo la sensación de que el mundo nacionalista hay una parte que ve claramente que por donde iban las cosas no podemos llegar a ningún sitio, como sociedad. Si la estrategia que denominan de “ampliar la base” pasa por una vía más práctica de devolver la pelota al campo de juego y respetar las reglas, es lo que creo que está empezando a pasar. Lo que no ocurría con Rajoy, que alimentaba el conflicto. Ahora hay una parte (los socialistas, Podemos y otras fuerzas políticas), que ven que la anterior deriva nos llevaba al desastre. Y eso se ha parado. Se han empezado a normalizar las relaciones entre gobiernos, pero será un trabajo largo, porque no solamente se trata de manejar la agenda en términos socio-económicos. Superar la fractura que se ha producido al dividir Cataluña por identidades corresponde al conjunto de la ciudadanía y especialmente a quienes tienen más responsabilidades.

¿No existe el riesgo de volver a cerrar cosas en falso y, por ejemplo, retomar lo que se conoció como “catalanismo transversal”, como si fuera el bálsamo de Fierabrás” para todos los males de Cataluña?

No creo que en Cataluña haya dos bloques netamente diferenciados. Los que siguen interesados en mantener el conflicto se basan en que hay una frontera nítida entre identidades. Somos muchos, quizá ampliamente mayoritarios, quienes tenemos una identidad compartida. Solamente hay que fijarse en las encuestas cuando preguntan ¿Ud. que se siente? ¿Más catalán que español, más español que catalán? Da igual el grado, esto nos enriquece. Y carece de sentido y es dañino lo que algunos dirigentes han trasladado a la ciudadanía de que cuanto más catalán y más puro, más bueno eres. Y a medida que te alejabas de eso, eres más malo. Pero la gente, masivamente, se siente de identidades compartidas.

¿Engarza todo esto que está ocurriendo en Cataluña, de algún modo, con el panorama que se está dibujando en Europa y el Mundo?

Lo que está pasando en Cataluña es una expresión autóctona de una situación global preocupante. Es cierto que la globalización puede conllevar pérdidas para las poblaciones de los países desarrollados, pero el replegarse no es ninguna solución, no solo por insolidaridad sino porque volver al pasado nunca ha resultado viable. La solución es el gobierno de la globalización y eso implica cesión de soberanía, federalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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