Sànchez y Cuixart: un año de dignidad

El 16 de octubre se cumplió un año desde que Jordi Sánchez y Jordi Cuixart están en prisión. Un año de dignidad, ya que ni el uno ni el otro quieren ser moneda de cambio para un debilitamiento de las aspiraciones nacionales del país. Un año de dignidad, porque sabían que las cloacas del Estado sacarían argumentos de debajo de las piedras para utilizarlos de cabeza de turco, después del que fue primer momento de emancipación nacional efectivo en Catalunya (la tarde del 20 de septiembre delante de Vicepresidencia) y su culminación con el éxito del referéndum del 1 de octubre. Fueron a declarar a Madrid conscientes de que se enfrentaban a los tentáculos de un Estado posfranquista que, claramente, no tenía ningunas ganas de que volvieran a salir a la calle. Y, si no, a las muy conocidas conversaciones de chat me remito.

El líder de la ANC y el de Òmnium Cultural fueron la presa fácil porque también eran los menos protegidos políticamente, hasta el momento. Pero, a la vez, se han convertido en los dos mártires más reales de la causa independentista precisamente porque desde la calle fueron los responsables de un más que evidente movimiento de contestación popular, no violento, pacífico y forjado en los valores republicanos. Fueron la locomotora que hizo que la protesta desbordara al establishement político, el catalán y el español. Estoy convencido de que del papel de la Asamblea Nacional y Òmnium Cultural en este proceso de madurez política del independentismo se harán tesis doctorales. Por un lado, por lo que ha supuesto para la política española, en su conjunto, que dos entidades sociales hayan agrietado los consensos de la transición. Por otro, porque ambas organizaciones han demostrado ser fuerzas de innovación en la comunicación y gestión política, en la relación entre agentes políticos y ciudadanos (o votantes).

Pero, sobre todo, serán objeto de estudio por lo que representa el encarcelamiento injusto de sus dos líderes. Porque acusándoles de rebelión España se pone al lado de los países menos democráticos de la Unión Europea, de los que más han limitado los derechos políticos de sus ciudadanos; porque la forma en que se han construido las pruebas para su actual privación de libertad aflora los vicios menos sanos de la razón de Estado; porque han puesto al descubierto la cara más amarga de las relaciones clientelares entre el sistema de medios y el político en la España contemporánea, el de las filtraciones y las sentencias redactadas a golpe de teletipo.

La forma en que han enfocado el cautiverio ha sido diferente. Pero, de forma legítima, ambos han buscado como usar su situación personal para influir en los acontecimientos recientes. Mientras Sánchez ha dado el paso y se ha enrolado en la política, Cuixart sigue haciendo de activista con sus mensajes comprometidos a ojos del independentismo, pero a la vez pedagógicos y cómplices con los que, desde la discrepancia en el eje nacional, no quieren oír ni hablar del recorte de derechos políticos y sociales. Para quienes lo miramos desde la distancia, uno ha pasado a formar parte del pragmatismo de los aparatos y el otro se ha refugiado en una cierta espiritualidad intelectual que compensa el tener los pies en el suelo de su lugarteniente, que hace el trabajo de pisar la calle. Dos formas legítimas de vivir una situación que queda al margen del ideal del Estado de derecho.

Algunos dicen que, desde la cárcel, se pueden radiografiar los eventos con más perspectiva, más aislados del tacticismo cotidiano. A tenor de lo que se está viendo, Lledoners se ha convertido en la base de operaciones de las fuerzas hoy en el Gobierno y, también, de las desavenencias en el seno de los grupos parlamentarios republicano y de Junts per Catalunya. Otros, sin embargo, conocedores de la dureza de la reclusión, afirman que entre cuatro paredes uno puede perder la noción del tiempo, del espacio y la capacidad de análisis. La rapidez con que pasan las cosas difícilmente nos dará elementos suficientes para saber qué mirada es la correcta. Pero, el independentismo ahora tiene el objetivo de recoser estrategias una vez ha caído en los tentáculos del franquismo sociológico que sigue vivo en Madrid. Y, en este punto, igualmente como Sánchez y Cuixart fueron vectores de cambio cuando estaban en la calle, desde dentro también tienen que conjurarse para hacer lo posible para que los que ahora pilotan el barco (en la Generalitat, el Parlament y los ayuntamientos) sean capaces de recuperar la iniciativa con la misma dignidad que ellos llevan su reclusión.

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