Los cuentos tendrían que forjar valores

Cuando era pequeña, mi madre me contaba un cuento que no era de la tradición popular sino inventado, de cosecha propia. La cosa iba de una familia muy pobre, que siempre tenía que ir huyendo porque unos soldados les querían capturar y los perseguían con perros y caballos. Y todo era debido a su pobreza. La trama, para un niño, era trágicamente absurda. La familia se hartaba de correr y de sufrir, y yo con ellos. Recuerdo que dormían sobre un suelo de cemento, pasaban hambre, frío y mucho miedo porque el acoso de los soldados no les daba tregua. 

El cuento se aderezaba convenientemente hasta llegar a un desenlace feliz cuando se desvelaba el motivo de aquella cacería macabra. La razón de tanta persecución era que el hecho de ser pobre se consideraba un delito inaceptable en ese reino imaginario. Y, finalmente, te enteras de que la lógica que movía a los soldados en aquella ficción era fabulosa: dar a aquella familia todo lo que necesitaban para tener una vida digna. Recuerdo un fragmento delicioso cuando, a finales del relato, al día siguiente de resolverse todas las precariedades, los niños, entre sueños, decían que les parecía que el suelo no era tan duro. Y eso era porque aún no eran conscientes de que, en la nueva realidad, dormían y dormirían siempre en una cama con colchón y a cubierto.

Esta historia viene a cuento porque creo que los cuentos pueden forjar valores y principios en los niños. A mí ese relato me marcó. Uno siempre lleva abiertas las primeras heridas de la infancia y quizás es inevitable llevar pegado en algún recodo de la piel el deseo de resarcir a la pobre gente protagonista de aquellas injusticias, revisitadas a menudo en la infancia antes de ir a dormir.

Imagínense que en lugar de tener una madre peligrosamente socialista hubiera tenido una nacionalista sentimental, y que la historia que me explicase fuera de todo un pueblo (en lugar de una familia pobre) perseguido por otro pueblo malvado que le negara, por ejemplo, la posibilidad de hacer uso libremente de su propia lengua y costumbres. En este caso, el desenlace del cuento tal vez incluiría hacer la guerra y tener que ganarla para sobrevivir. Y este principio belicista es lo que quedaría grabado en el cerebro infantil.

Pero esto, en mi opinión, es necesario que se explique con mucho cuidado, para facilitar aquello de ponernos en los zapatos de los demás. Sólo si logramos comprendernos saldremos del atolladero en el que estamos metidos. Hay personas que han crecido con la idea de que conseguir la independencia sería liberarse del opresor, que se hiciese justicia y alcanzar la libertad. Y el caso es que los acontecimientos que se han producido les podrían hacer pensar que tienen toda la razón del mundo. Pero hay que ser más inteligentes que astutos y tener en cuenta la gran confusión que ha habido.

Provocaciones, desprecios, engaños, medias verdades, desavenencias y torpezas han servido para azuzar el odio y fomentar la intolerancia. Y desde que se produjo una barbaridad como los palos repartidos el día 1 de octubre de 2017, la bola se ha ido haciendo cada vez más grande, complicándose más el asunto.

¿Alguien tiene claro dónde estamos ahora? ¿Podríamos detenernos y hacer uso de la inteligencia y la cultura para reconducir una situación que nos lleva al infierno de la confusión de los locos? ¿Qué nos ha pasado? ¿Catalunya fue alguna vez plural, diversa e integradora? Quizás los cuentos infantiles podrían contribuir a recuperar la cordura, preguntándonos qué relato nos podría ayudar a no caer en los errores del pasado. En el cuento de la familia pobre se reflejaba que en el mundo no hay suficiente justicia ni equidad. En el de corte nacionalista se explicaba que en la España de Franco cualquier expresión de libertad era reprimida. Es en este punto, en esta confluencia, que habría que afirmar que la dictadura fue una gran represora de todos y no sólo de Catalunya. Y también que la democracia imperfecta de ahora es mucho mejor que el totalitarismo de antes.

¿Qué hacer pues? ¿Cómo lo conseguimos? No cabe distraerse. El fascismo, al que sólo le interesan los cuentos infantiles para destrozarlos y destrozarnos, ya ha tomado buena nota de las carencias y debilidades de todos. Y tiene mucha habilidad para manipular emocionalmente, creando bandos y enemigos irreconciliables aunque ficticios. ¿Por qué no hablamos, cooperamos y, entre todos, cerramos el paso al fascismo?

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