Entrevista a Arga Sentís

Concejala en el Ayuntamiento de Tarragona y portavoz del grupo municipal de Iniciativa els Verds-EUIA
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Concejala en el Ayuntamiento de Tarragona y portavoz del grupo municipal de Iniciativa els Verds-EUIA. Trabaja en el Consorci para la Normalització Lingüística. Es sindicalista y participa en movimientos sociales, ecologistas, feministas y por la paz.

¿La fractura social de que tanto se habla ahora, es consecuencia del «Procés» o viene de más lejos?

A veces, a partir de generalizaciones, no se explican del todo las cosas. Lo que estamos viviendo se percibe de manera diferente, dependiendo de donde y como se viven los acontecimientos en un espacio concreto, que se sabe interpretar. Supongo que si se forma parte de algún ámbito homogéneo (que los hay), pueden compartirse puntos de vista, pero en un lugar complejo (fracturada urbanísticamente entre el centro y los barrios, donde llegó gente sobre todo el sur de España a trabajar en las industrias) como Tarragona, las cosas funcionan de otro modo. A los 20 años, empecé a dar clases de catalán en el barrio de Ponent. Allí me encontré la realidad de personas, que eran mayores que yo. Trabajadores, que después de la jornada laboral, se iban a clases de catalán. Aquello era muy bonito, por el placer de enseñar, y por compartir una lengua. Y ahora lo recuerdo con una especie de dolor. Muchos de ellos te explicaban su historia, que pasaba por la lucha antifranquista, sindical, de los movimientos vecinales… Una gente que había venido de fuera pero que fue absolutamente imprescindible para dotare en Cataluña de autogobierno, inmersión lingüística… Para alcanzar unos consensos sociales, sin los cuales nada hubiera sido posible. Esto fue para mí una epifanía, un descubrimiento. Claro que había diferencias entre aquéllas personas y las de otros barrios, pero no como las de ahora.

¿Aquél estado de cosas pervive o, de algún modo, se ha modificado drásticamente?

En los barrios de entonces había gente que quizás tenía más cosas en común. Con el tiempo, han llegado nuevos inmigrantes y muchas personas de aquélla inmigración se han ido. Había gente que contemplaba la emigración con aprensión o distancia, cosa que se derivaba también de una fractura urbana que dificultaba crear o buscar puntos de encuentro. Había también un rechazo latente al emigrante pero, de todos modos, dominaba una tendencia a entenderse, a convivir, a compartir cosas. Ahora, gente a la que di clase va a las manifestaciones de Ciudadanos ¿Qué está pasando? ¿Por qué en los barrios en que yo trabajé se cuelgan ahora banderas diferentes a las del centro? Han sacado las banderas como reacción a algo que ven como amenaza o rechazo. Se han mezclado mil cosas diferentes y se ha gestado un sentimiento de acción-reacción, que nos ha llevado a mirarnos con recelo. Y lo mismo puedo decir de otros entornos, digamos «indepes», que conozco y que también sufren ¿Cómo es posible que se comparta el sufrimiento y haya tan poca capacidad de empatizar o, incluso, de llegar a ese punto en el que se puede comprobar que ni siquiera hay enfrentamiento, que se tienen los mismos problemas? Cuando se compara esto con lo que ocurría hace 30 años, hay que reconocer que hemos empeorado mucho. Entonces, había esa especie de intento de entenderse. Existía rechazo, paternalismo…, pero también un espacio en el que poder entenderse y reconocerse.

¿Y a quién corresponde la responsabilidad de haber llegado donde ahora nos encontramos? ¿A los líderes, a los narradores del relato, o más bien a sus seguidores?

Creo que se ha mezclado todo y lo que está pasando en Cataluña seguramente tiene mucho que ver con lo que ocurre en Europa. Esta especie de incomodidad derivada de la falta de instrumentos para gestionar la globalización. Así, se vuelve a los lugares en los que uno cree encontrarse más seguro, más protegido, a lo de siempre. Espacio que es mentira, que se fabula, que no existe. Volver atrás es solo pensar que se vuelve porque, en realidad, nunca se logra. Esta pulsión de construir un refugio imaginario también se manifiesta en Europa, aunque supongo que en cada lugar adquiere tintes propios. Del mismo modo, que en mi ciudad se deben vivir las cosas de manera diferente a como se hace en Vic.

¿Y dónde hay que buscar las claves que nos han conducido al actual estado de cosas?

En nuestro caso, creo que este sentimiento generalizado de inseguridad se ha mezclado con la incapacidad del Estado español para gestionar su diversidad. Quienes tendrían la responsabilidad de crear instrumentos para hacer frente a problemas, como los derivados de la globalización prestan más atención a sus tácticas, con la vista puesta en sus propias hegemonías, en un marco ya caduco. Se acusa la falta de voluntad de crear un modelo de Estado integrador y que reconozca la diversidad como un valor y una riqueza. La consecuencia de todo ello, es la pérdida de aquel consenso que habíamos creado las clases populares y, sobre todo, las fuerzas de izquierda. Hemos dejado que gente de derechas, con una mentalidad más bien de Torras y Bages, se haya apropiado del catalanismo. Espacio que pudo tener algo de entelequia, pero que no careció de sentido y funcionó. A partir de las estructuras del pujolismo, el imaginario que se ha construido tiene sobre todo que ver con la recuperación de las esencias patrias. Cosa que también está sucediendo en otros lugares de España, en parte como reacción a lo que está ocurriendo aquí. Es aquello de Bertolt Brecht: «Por qué te has hecho nacionalista? Porque me encontré con uno de ellos».

Hablando de escisiones ¿No es quizá Cataluña un espacio también desequilibrado, que reclama soluciones federalistas?

Tarragona es la segunda área metropolitana de Cataluña, pero sin estructurar. Somos una conurbación importante, que no dispone de instrumentos para gestionarla. La rivalidad interna nos hace consensuar un modelo que no es económico, ni de movilidad… (Corredor del Mediterráneo…), pero, además, estamos desestructurados de Barcelona. Hay un imaginario que referencia una Barcelona metropolitana y el resto aparece desvaído. Y eso no es verdad. El Camp de Tarragona es la prueba palpable de una estructura urbana más allá de Barcelona, pero inarticulada. Tenemos, desde luego, una falta de articulación entre las zonas rurales y las urbanas, pero también un déficit de reconocimiento de otras zonas urbanas, que reclaman soluciones. En cualquier caso, los comportamientos electorales en la ciudad de Tarragona, en el Camp o el Priorat son una reproducción, a escala más pequeña, de lo que pasa en Cataluña. En Tarragona también aparecen algunos discursos que juegan a una confrontación con Barcelona; algo carente de sentido, porque la geografía no se va a cambiar y porque estar cerca de Barcelona es más bien una oportunidad que un problema Esta incapacidad de articularnos, también como región europea, tiene algo que ver con lo que está pasando.

De cualquier modo, no parece estar el horno catalán para estos bollos…

Falta un modelo económico, desde luego. En Tarragona, donde hay que apostar por la industria, carecemos de él. También es cierto que necesitamos gestionar espacios pequeños cuando las cosas están pasando en los muy grandes. Y creo que parte del problema es que nos hemos entregado a hablar de asuntos con definiciones del siglo XX para realidades del XXI. Cuando discutimos sobre el federalismo y si puede estar vigente o no, sobre el independentismo, al final estamos jugando con conceptos y con maneras de interpretar las cosas que ya no funcionan. Seguramente, había un cierto modelo federalista, que era el del siglo XX, el que no supo desarrollar el Estado español, pero ahora la cuestión de la federalización se plantea a escala europea. El federalismo es, en definitiva, la manera de gestionar la diversidad y la diversidad de hoy en día no es la de 1960 o 1980. Es diferente. Pero se niega la viabilidad de esta alternativa, remitiendo a ejemplos, a sucesos, que responden a realidades que ya no existen, que están superadas.

¿No cree que es precisamente a eso a lo que se refiere el «Procés»; a construcciones, más bien ficticias que reales?

Eso no es que se crea. Se ve. La prueba son las declaraciones que hacen algunos de sus líderes. Dices una cosa a los que te siguen y otra al juez. Me sabe muy mal, sobre todo por los amigos, por gente que quiero, que están en esta dinámica. Se está jugando con eso y dentro de esta pulsión romántica para conseguir algo se mueven muchas cosas. Veo gente mayor que tienen una especie de sentimiento de conseguir lo que perdieron en la Guerra Civil, otros que te explican un futuro mejor… Confluyen muchas cosas diferentes. Hay muchos sentimientos que son auténticos y lo que duele es que están siendo manipulados. Porque lo que se está discutiendo ahora entre ellos es quien tiene la hegemonía, algo muy alejado de la gente que está metida de cabeza y ahora tampoco puede salir. Y aquí nos encontramos, en una pugna de sentimientos contradictorios, que se envuelven en diferentes banderas. Habría que empezar por quitarlas para ver que la gente desnuda se parece bastante.

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