Tengo miedo

Celebro de manera extraordinaria la reacción de los ciudadanos ante los inhumanos atentados (pleonasmo) de Barcelona y Cambrils. Celebro aún más el clamor ‘no tengo miedo’ entonado con espontaneidad por la multitud concentrada en la plaza de Catalunya. Sin embargo, confieso que yo tengo miedo.

Tengo miedo porque el conflicto dura demasiado y no sabemos cómo resolverlo. Nos lo miramos como conejos deslumbrados por los faros de un coche, impotentes, sin entender el porqué de las cosas, con más preguntas que respuestas.

Tengo miedo porque creo que el conflicto nos viene grande, especialmente a los que mandan (no hablo de Catalunya, ni tan siquiera de España). Cómo queremos resolver una problemática de esta magnitud si quien debería hacerlo dice que usaría balas bañadas con sangre de cerdo contra terroristas (Trump)…

Tengo miedo porque la bola de nieve, que seguramente comenzó a rodar cuando otro presidente norteamericano de infausto recuerdo (Bush) decidió atacar Irak (con Aznar), se ha hecho mayor y cada día parece más imparable y se manifiesta incontrolable.

Tengo miedo porque conjugamos más y mejor el verbo atacar que el verbo dialogar. Y, a ver, desengañémonos, con el primer hemos llegado hasta aquí; quizás ya sería hora, aunque sólo sea tras la reiterada constatación del fracaso de los ataques, que probáramos nuevas maneras de intentar llegar a la resolución de un conflicto que nos oprime y no nos deja ser libres.

Tengo miedo porque ya no son unos terroristas con mucho dinero que hacen ataques muy sofisticados y selectivos, sino que son vecinos míos debidamente adoctrinados, dispuestos a coger un coche y atropellar hermanos de manera indiscriminada; una simplicidad en la acción que la convierte en una potente y barata arma de destrucción masiva, que puede golpear en cualquier rincón del mundo, por pequeño e insignificante que éste pueda ser o parecer.

Tengo miedo por las reacciones xenófobas e indiscriminadas que los ataques pueden despertar entre nosotros, porque es en el malestar estomacal de donde sale lo peor de nosotros.

Tengo miedo por todo ello y por más (no me quiero alarga en mi manifiesta cobardía), pero, y de todos modos, celebro de manera extraordinaria que agarremos lo que entiendo como un deseo (‘no tengo miedo’) y lo convirtamos en un potente grito de paz.

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