Juegos del 92: el favor que me hizo Jordi Pujol

Perdonadme que aproveche esta columna semanal para contar una batallita personal. Pienso, de todos modos, que la ocasión lo merece: los 25 años transcurridos desde la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Vista mi trayectoria periodística, poco podía pensar, en 1987, cuando el Comité Olímpico Internacional concedió la celebración de los Juegos a Barcelona, que yo asistiría a la ceremonia inaugural. Pero allí estaba. Emocionado, nervioso, feliz, compartiendo en directo en el Estadio Olímpico un día que viví como de fraternidad e ilusión internacional. ¡Y todo gracias a Jordi Pujol!

La cosa fue así. Yo trabajaba en el Diari de Barcelona y, junto con otros compañeros, nos dedicábamos a denunciar los marrones de la familia Pujol y de destacados consejeros y dirigentes de su partido. Algunos de ellos están ahora o han pasado por la cárcel por cuestiones como las que denunciábamos entonces. Pero en aquellos tiempos las denuncias eran ignoradas por el poder político y mediático dominante. Prácticamente sólo obteníamos amenazas, insultos y quebraderos de cabeza.

Un buen día vino el director del diario y me dijo que teníamos que dejar de molestar con aquellas historias. Estábamos en plena fase de preparación de las infraestructuras olímpicas y el entonces presidente catalán había hecho llegar a los principales responsables de la organización de los Juegos que si aquellos muchachos del Diari de Barcelona seguían publicando reportajes sobre los negocios de sus hijos, la Generalitat no haría determinadas aportaciones económicas a infraestructuras básicas como la Ronda del Litoral.

Total, que se desmontó el equipo de investigación del Diari y a mí me tocó hacer información de cómo avanzaba la preparación de los Juegos. Fue un periodo precioso de mi vida profesional. Vi cómo ponían la primera piedra del Hotel Arts, llevé la antorcha olímpica en Gironella, viajé en helicóptero por Suiza para ver cómo se construía una villa olímpica de invierno y dormí en la de Barcelona unos días antes de que lo hicieran los atletas que competirían en nuestros Juegos.

Conviene añadir que Jordi Pujol, sus hijos y amigos, como el nuevo consejero de Interior, Joaquim Forn, hicieron todo lo posible para que los Juegos fueran un fracaso. Los veían como una maniobra de españolización de Cataluña. La mascota Cobi les parecía una chapuza. Querían que en vez de Los Manolos actuaran Sau y Sopa de Cabra. Iban arriba y abajo con sus pancartas de Freedom for Catalonia, disfrutaron con las goteras que aparecieron en el Estadio pocos días antes de la ceremonia inaugural y consideraban que la idea de encender el pebetero con una flecha lanzada desde la pista era una locura. De hecho, tanto la ceremonia inaugural como la de clausura les parecían demasiado arriesgadas e innovadoras.

Por suerte, estaban en minoría y lo que fracasó fue su boicot. No quiero ni imaginarme cómo habrían sido los Juegos si los hubieran organizado ellos. O cómo serían unos Juegos Olímpicos de Barcelona organizados por los que ahora mandan en Cataluña.

El recuerdo principal que les ha quedado a muchos de ellos y a los periodistas que dirigen ahora los medios de comunicación dependientes de la Generalitat y los concertados es que el juez Baltasar Garzón detuvo unas semanas antes de los Juegos a varias personas vinculadas con el independentismo y Terra Lliure.

Mi recuerdo es otro. Me lo pasé fantástico y, además, no me llamaban por la noche a casa para decirme que era un traidor y que me cortarían los huevos. Difícilmente veré en mi vida algo más entrañable que las ceremonias inaugurales y de clausura de los Juegos Paralímpicos. Y todo se lo debo a aquel señor que tenía dinero escondido en el extranjero mientras presidía Cataluña.

¡Gracias, presidente!

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