La falsa independencia

Los caminos de la vida me han llevado a pasar dos días en la ciudad de Lens, en el norte de Francia. Esta es una villa doblemente devastada: sus alrededores fueron escenario de algunas de las batallas más terribles de la I Guerra Mundial y en las últimas décadas toda su economía, basada en la extracción del carbón, ha acabado derrumbándose, provocando una pavorosa bolsa de paro. La imagen idílica que podemos tener de la Europa-balneario queda desfigurada al constatar, de cerca, los estragos y el dolor infinito que acumula esta zona fronteriza con Bélgica… que, a pesar de todo, ha conseguido reinventarse para seguir sobreviviendo con dignidad.

El pequeño hotel donde me alojé, en el centro de la ciudad reconstruida, está regentado por una mujer de procedencia magrebí, con quien tuve la ocasión de charlar un rato. Al identificarme como catalán y de Barcelona, me hizo el siguiente comentario: «¡Ah, catalán! Hace un tiempo tuve alojado en el hotel a un grupo de trabajadores españoles contratados para hacer las obras de renovación del estadio de fútbol. Uno de ellos me subrayó que no era español, sino que él era catalán. Me insistió en que quería una habitación para él solo, al contrario que sus compañeros, que compartían habitaciones dobles. Hay que reconocer que era alto y guapo y vestía con gusto, pero desprendía una prepotencia que provocaba rechazo. Ya sé que los catalanes os queréis independizar ahora de los españoles. ¡Pero si al fin y al cabo todos somos seres humanos que hemos venido al mundo para vivir juntos en sociedad!»

Obviamente, esta es una pequeña anécdota intrascendente que, de ninguna forma, puede ser elevada a categoría. Pero el comentario de la mujer magrebí del hotel de Lens sobre la percepción que tenía de los catalanes me sobresaltó. Precisamente, porque procede de una persona anónima y sencilla, que sólo ha oído campanas del «proceso» y que se ha hecho su propia composición de lugar a partir de su experiencia con el huésped desagradable que no quería ser confundido con sus compañeros de trabajo españoles.

El celebrado pensador Francesc Pujols, el inventor de la religión llamada Hiparxiología, profetizó que «llegará el día en que los catalanes lo tendremos todo pagado». Y sí, gracias a referentes universales como George Orwell, Joan Miró o Pau Casals, hubo una época en que, en el imaginario mundial, ser catalán era cool. Pero esto se terminó. El proceso de secesión actualmente en marcha resulta antipático e incomprensible en Lens, pero también en Bruselas, en Arlington (donde está el Pentágono) y en Nueva York (donde está la sede de las Naciones Unidas).

Además, presumimos por el apoyo que da a la causa catalana el congresista norteamericano Dana Rohrabacher, que recientemente fue recibido con gran pompa en el Palau de la Generalitat por el presidente Carles Puigdemont. Para hacernos una idea de quién es este «amigo americano«, sólo hay que mencionar que es un admirador de Vladimir Putin y que, en su periplo europeo, también se entrevistó con Marine Le Pen y el holandés Geert Wilders, dos exponentes del populismo xenófobo.

Hay que concluir que el proceso se ha escapado de las manos a sus promotores. Mezclar el buen nombre de Cataluña con energúmenos como Dana Rohrabacher o con los partidos de la extrema derecha europea (desde la Lega Norte hasta los Auténticos Fineses o el Vlaams Belang flamenco) es el precio infame que todos debemos pagar por la desaforada huida hacia la independencia que ha emprendido Junts x Sí. Incluso, una figura emblemática y querida como Lluís Llach ha visto manchada su dilatada hoja de servicios a la democracia y a la libertad con la verbalización de unas insólitas represalias hacia los .funcionarios que no acaten las órdenes de la hipotética República Catalana.

Los independentistas de buena fe tienen que saber que el pasado día 25 de abril se acabó lo que se daba. Con la entrada en la cárcel de Jordi Pujol Júnior, adoptada aquel día por el magistrado José de Mata, el Estado español ha manifestado que hasta aquí habíamos llegado y que, después de meses de tanteo, daba por cerrada la negociación con el ex-presidente de la Generalitat y «padre de la patria» catalana, a quien se considera inductor último de la operación secesionista, puesta en marcha en 2012 después de la imputación de su heredero dinástico al trono de Cataluña, Oriol Pujol, por el caso de las ITV.

Durante los últimos cinco años, Jordi Pujol ha intentado repetir la jugada de Banca Catalana, culminada con éxito en 1985: asustar a Madrid con masivas movilizaciones en la calle y con la presión mediática para conseguir la exculpación judicial de los cargos penales que le imputaban. Esta vez ha calculado mal las fuerzas y los «tempos». Mariano Rajoy no es Felipe González y, al final, su pulso con el Estado ha acabado con el hijo primogénito en la celda de una prisión -de la cual no saldrá durante mucho tiempo- y con Oriol Pujol a punto de entrar.

Desde la perspectiva de los Pujol, el proceso de presión gradual ha dejado de tener sentido. «Siento mucho todo lo que está pasando», ha dicho, compungido, el ex-presidente de la Generalitat después del registro policial de su despacho de la calle Calabria. Ha destrozado a su familia y a su descendencia y ha conducido Cataluña a una patética derrota donde el gobierno central sólo ha necesitado mover un dedo para neutralizar la supuesta sedición secesionista.

Las batallas hay que plantearlas para ganar. Así entiendo yo la vida. Pero es que en esta guerra por la independencia de Cataluña son muchos los que han ido engañados a las trincheras. No era una estrategia para conseguir una sociedad más justa y mejor: era una táctica para intentar que la familia Pujol se escabullera de la acción de la justicia por las actividades corruptas de algunos de sus miembros. Y esto sólo podía acabar de mala manera. Con unos aliados de traca como Dana Rohrabacher que provocan vergüenza ajena, con la autodestrucción de personas tan válidas como Lluís Llach y el juez Santi Vidal o con el absoluto desprestigio de la cadena pública TV3 bajo la dirección de Vicent Sanchis.

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