¿Quién ha matado a Rita?

El infarto no parece para el PP un culpable suficiente para cargar la muerte de Rita Barberá, y ha abierto cacería de sospechosos: los medios de comunicación y/o la oposición, entre los principales. La desgracia recuerda la del multimillonario estadounidense Samuel Ratchett que, gracias a la esplendorosa mente de Agatha Christie (novela: «Asesinato en el Orient Express»), es asesinado a bordo del mítico Orient Express. Por desdicha de los criminales, en el tren viajaba el ínclito detective Hércules Poirot que, como se sabe, no dejaba crimen por resolver.

El hombre de bigote daliniano especulaba de primeras con la posibilidad de que un extraño, gánster para más señas, hubiera podido subir al tren y matar Ratchett. La segunda opción es mucho más sui generis: doce pasajeros con cuentas pendientes con el fallecido deciden darle doce puñaladas, una puñalada por cabeza, sin saber cuál de todas le causó la muerte definitiva al novelado millonario.

Puestos a buscar culpables más allá del infarto, el asesinato de Rita Barberá, de serlo, apunta al segundo supuesto de Poirot: una matanza colectiva. Sin descartar el suicidio (la que fue alcaldesa de Valencia podría haberse asestado más de una puñalada política, de aquellas que te conducen a los tribunales en vísperas del fallecimiento definitivo), nada apuñala más y mejor que los próximos.

Así, adquiere fuerza que los principales sospechosos del crimen son al fin y al cabo sus compañeros populares, los que primero decían que era la mejor y después la ninguneaban sin compasión. Después y en todo caso, encontraríamos culpables secundarios, como los antes señalados: medios de comunicación y oposición -debidamente armados con Twitter. Sospechosos a los que, como mucho, se les puede acusar de exceso de malevolencia en el ejercicio de sus obligaciones informativas y/o fiscalizadoras.

Lo que ha quedado claro en esta necrológica es que en política, como en el amor y en la guerra, todo vale. Ver presuntos amigos de Rita señalando culpables a troche y moche revuelve todo tipo de estómagos. Por otra parte, no es menos cierto que también hemos podido observar como los otros pisaban una y otra vez una presunción de inocencia que disfrutamos o deberíamos disfrutar todos, incluso la propia Rita Barberá.

Luego está aquello de guardar o no un minuto de silencio en memoria de la valenciana que, desengañémonos, la polémica sirve principalmente para dar de comer a las fieras y distraer al personal. Yo, por caridad o clemencia, justo la que no tuvo ella para las víctimas del accidente de metro de Valencia, lo hubiera guardado; pero tampoco demonizo que de otros no lo hagan. Como decía Catón el Viejo, «a nadie perjudicó el haber guardado silencio».

O como decía el refrán: «Entre todos la mataron y ella sola se murió«…

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