El fascismo 2.0

Las cosas, por su nombre: Donald Trump es un fascista y todos aquellos que le ríen las gracias o miran de acomodarse a la nueva situación creada por las elecciones del 8-N –empezando por los ‘tiburones’ de Wall Street- serán cómplices de las barbaridades que ha anunciado que perpetrará este bocazas. Los referentes más próximos que podemos tener de quien será el 45 presidente de los Estados Unidos son Jesús Gil y Gil (d.e.p.) o el concejal xenófobo de Vic, Josep Anglada.

Con la diferencia que ni uno ni otro no serán nunca el comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del mundo ni tendrán en sus manos la capacidad de destruir el planeta. Con la evidente constatación que uno y otro, al lado del magnate inmobiliario que ha ganado las elecciones norteamericanas, son unos pobres demonios y, en el caso de Josep Anglada, un muerto de hambre que nunca llegará a nada.

Por eso me escandalizan todos aquellos que quieren «endulzar» la victoria de Donald Trump, aunque en número de votos las elecciones las haya ganado Hillary Clinton. No sólo reinará en la Casa Blanca. El control republicano del Congreso y del Senado, además de la previsible decantación del Tribunal Supremo a favor del bloque conservador-reaccionario reforzarán el poder político del nuevo presidente de los Estados Unidos, creando, en los próximos dos años, una situación extraña y sin precedentes, donde Donald Trump podrá gobernar de una manera omnímoda. Muy pronto conoceremos el fascismo del siglo XXI en todo su esplendor.

Con el fascismo no se pacta ni se convive: se le combate de cara, como ya han empezado a hacer los miles de manifestantes que estos días salen a las calles de las principales ciudades de los Estados Unidos para demostrar su repulsa al nuevo presidente electo. No es hora de hurgar en los defectos de la candidata perdedora, Hillary Clinton, ni de resignarnos a aceptar esta derrota histórica de los valores progresistas, interiorizando unas culpas que no son nuestras.

Hay que perseverar en los ideales y no perder de vista el pasado y el horizonte que nos hermana: la construcción de una humanidad fraternal, sin ricos ni pobres, donde hombres y mujeres vivan en igualdad, donde niños y ancianos tengan garantizada una vida digna y de calidad. Donald Trump es la antítesis de esta energía civilizadora que nos han legado, con grandes sufrimientos y sacrificios, nuestros antepasados. Su victoria es el triunfo del egoísmo y de la insolidaridad, del sálvese quien pueda, del autoritarismo y, en definitiva, de la imposición de la violencia estructural sobre el consenso pacifista.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca es un desafío que nos concierne a todos, vivamos donde vivamos. La respuesta y la movilización tienen que ser también globales. Es cierto que concatenamos dolorosas derrotas: la pujanza de los populismos xenófobos en la Unión Europea, el Brexit y ahora el triunfo de este magnate inmobiliario en los Estados Unidos. Pero no por eso nos tenemos que desmoralizar ni caer en una melancolía autodestructiva.

Al contrario. Tenemos que rearmarnos ideológicamente, afirmarnos en nuestras convicciones transformadoras y combatir, palmo a palmo, en la defensa de los derechos universales conseguidos hasta ahora. El fascismo del siglo XXI –representado por «papus» como Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan o Marine Le Pen- hace bandera del hipernacionalismo para enfrentar, otra vez, a pueblos y etnias en beneficio de las élites corruptas que lo promueven y alimentan.

Del mismo modo que en los años treinta del siglo pasado hubo muchos independentistas catalanes que se dejaron seducir por las ideas totalitarias del nazismo y del fascismo -una página abominable de nuestra historia que todavía no hemos exhumado, ni digerido, ni condenado-, ahora también nos aparecen «trumpistas estelados«, como el ex-presidente Artur Mas. La tentación autoritaria como remedio expeditivo para conseguir la secesión de Cataluña vuelve a surgir en nuestro escenario político y en esto hay que ser muy claros y contundentes: no.

Hará falta que la CUP afine mucho en sus análisis estratégicas y tácticas y abra los ojos para detectar las trampas y los peligros. El fascismo 2.0, que la victoria de Donald Trump ha desvelado y espoleado, también tiene adeptos en Cataluña y está incrustado en parcelas clave del «estado mayor» de Junts x Sí y de algunos think tanks que operan a la sombra del palacio de la Generalitat. En nombre de la patria no todo vale y, a menudo –como bien sabemos- esta pulsión excluyente es la cortina de humo que esconde abyectos intereses personales y económicos, como los que encarna Donald Trump en los Estados Unidos, que no dudan en aplicar «soluciones finales» a través de guerras y exterminios en masa.

Aquí y allá, una misma causa: la lucha frontal y sin dudar contra el fascismo 2.0 como camino ineludible para continuar avanzando hacia la humanidad sin muros ni fronteras.

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