La frontera de la desobediencia

Con la decisión de dejar sin cartera ministerial a Jorge Fernández Díaz y a José Manuel García-Margallo, el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, ha desactivado a dos de los principales colaboradores del proceso independentista. Los ex-ministros del Interior y de Asuntos Exteriores se habían convertido, con sus burdas operaciones subterráneas y con sus desafortunadas intervenciones públicas, en unos bomberos pirómanos que cargaban de argumentos a los promotores de la secesión de Cataluña.

Hay que ver los próximos pasos que dará el reinvestido presidente español, pero, de entrada, los ceses de Jorge Fernández Díaz y de José Manuel García-Margallo, junto con el del turbio ex-ministro de Defensa, Pedro Morenés -envuelto en las putrefactas tramas de la industria armamentística- contribuyen a moderar y a serenar el debate político. En estos nuevos parámetros, el proceso independentista se ve confrontado, de repente, a la suprema prueba de fuego: la desobediencia.

Esta actitud, alimentada por los ideólogos de la CUP para acelerar el choque de trenes con el Estado, tiene una primera e inevitable consecuencia. Los Mossos d’Esquadra, en funciones de policía judicial, tienen la obligación de acatar las instrucciones que les lleguen de los magistrados que tienen abiertos procedimientos contra políticos independentistas. En el caso de la alcaldesa de Berga, Montse Venturós, esto ha sido muy evidente. Y el concejal cupaire de Vic, Joan Coma, que se ha negado a acudir a prestar declaración ante la Audiencia Nacional, a buen seguro que, si persiste en su desobediencia, recibirá también la visita conminatoria de los Mossos.

En la historia de los movimientos rupturistas de liberación hay exitosos intentos de acelerar el proceso a través de la estrategia de la desobediencia. El tea party de las colonias norteamericanas del Reino Unido fue el más paradigmático. También la resistencia pacífica encabezada por Mahatma Gandhi en la India o el gesto de Rosa Parks de quedarse sentada en el autobús de Montgomery (Alabama), que devino el símbolo de la lucha contra la segregación racial en los Estados Unidos.

Para que la vía catalana hacia la independencia a través de la desobediencia prospere, sería imprescindible que los Mossos d’Esquadra también decidieran desacatar las órdenes judiciales. Y esto, ahora y aquí, es sencillamente quimérico. El consejero de Interior, Jordi Jané, tiene demasiado patrimonio para jugársela y es, por encima de todo, un hombre de orden. Tampoco los sindicatos ni los mandos de la policía catalana harán seguidismo, obviamente, de la estrategia de la CUP.

¿Incidirá la crisis de la desobediencia en la aprobación de los Presupuestos para el 2017 que actualmente están negociando a cara de perro Junts pel Sí y la CUP? ¡Esta es la cuestión!

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