De Cataluña a Caixaluña

Como en el sueño premonitorio del faraón que narra la Biblia, el capitalismo se mueve y evoluciona por ciclos de crecimiento (vacas gordas) y depresión (vacas flacas). En España/Cataluña apenas ahora hemos empezado a emerger de la larguísima época de vacas flacas que estalló en 2007 con el fraude de las hipotecas subprime en Wall Street y que aquí impactó con toda su truculencia a partir del año 2010. Los terremotos sistémicos que tienen el epicentro en el corazón del capitalismo, los Estados Unidos, siempre llegan con retraso a la Vieja Europa, pero sus efectos son mucho más devastadores y duraderos en este lado del Atlántico, como constatamos dolorosamente.

En este tramo final del 2016, las constantes vitales del enfermo económico europeo se han estabilizado y los síntomas de recuperación son evidentes.Una fecha clave, por lo que se refiere a Cataluña, fue el pasado 11 de septiembre, cuando el BBVA completó el proceso de absorción de Catalunya Caixa. Recordemos que antes del estallido de la crisis, aquí había diez cajas de ahorro, que vertebraban nuestra manera de «ser» y de «hacer». En un ejercicio de nostalgia recupero los nombres, por si los habéis olvidado: Caja de Ahorros y Pensiones de Barcelona (La Caixa), Caja Catalunya, Caja Penedès, Caja Sabadell, Caja Terrassa, Caja Manresa, Caja Laietana, Caja Tarragona, Caja Girona y Caja Manlleu.

Hoy no queda ni una. Bien, sólo La Caixa, el gigantesco conglomerado financiero y empresarial (Gas Natural-Repsol, Abertis, Telefónica, Agbar…) de Cataluña, que, de la mano de Isidre Fainé, ha mutado su esencia jurídica, se ha auto-privatizado y no para de expandirse. (Para ser rigurosos, a la Cataluña del siglo XXI deberíamos llamarla Caixaluña). La gran «revolución» que se ha producido aquí no es la de las «sonrisas»: es la extinción de nuestro sistema financiero tradicional por la mala gestión de los directivos de las cajas de ahorros, emborrachados por la ‘fiebre del tocho’, y la escandalosa irresponsabilidad de los políticos sociovergentes que los habían nombrado y que los debían controlar.

De manera sorpresiva y rabiosamente injusta, este cataclismo cósmico sólo ha pasado factura a los miles de clientes que cayeron en la trampa de la estafa de las participaciones preferentes y a los miles de familias desahuciadas sin piedad por no poder pagar, al quedarse sin trabajo, las hipotecas que «regalaban» las entidades financieras. Ninguno de los antiguos responsables de las cajas catalanas ha entrado en prisión y sólo Narcís Serra y el resto de miembros del consejo de administración de Caixa Catalunya están inmersos en una lentísima investigación judicial.

En paralelo a la profundísima reestructuración del sistema financiero español/catalán también han estallado los grandes casos de corrupción política que se fraguaron durante la pasada etapa de vacas gordas. En síntesis, hemos asistido a una purga mediática y judicial de los excesos y perversiones del aznarismo, del pujolismo y del chavismo andaluz. Mientras la banca –el Poder, en mayúscula- se ha concentrado, la política –el poder en minúscula- se ha fragmentado y dispersado con la aparición propagandística, patrocinada «desde arriba«, de Ciudadanos y Podemos.

Llegados a este otoño del 2016, el «proceso» de reconversión comenzado en España/Cataluña con la crisis de las subprime del 2007 está prácticamente acabado. Y ha sido coronado con «éxito» por sus promotores e inductores. La gente de la calle, la víctima propiciatoria de esta monumental estafa, no ha hecho la revolución, como habría sido lógico. Como máximo, ha hecho el 15-M y ha elegido algunos alcaldes y alcaldesas «del cambio» con un poder débil y encorsetado por la Ley de régimen local. Todo controlado.

Aquello que es sustancial: el BOE y el DOGC, que son los diarios que realmente cuentan, han estado, durante estos últimos cinco años críticos, en manos de la derecha española y catalana. El esperpento hinchado del movimiento independentista ha servido para que en la Generalitat continúe habiendo un presidente de Convergència (ahora PDECat) y para que el PSOE se olvide del aventurerismo de pactar con Podemos un gobierno alternativo en el Congreso de los Diputados y opte por la grosse koalition, siguiendo los cánones alemanes, pero manteniendo formalmente la singularidad del made in Spain.

Mariano Rajoy ya tiene la investidura en el bolsillo y gobernará, en consonancia con los intereses supremos del Poder económico, los próximos cuatro años, ahora que empieza un nuevo ciclo bíblico de vacas gordas. En esta nueva etapa de crecimiento y de estabilidad, la derecha catalana, con la ayuda de Ciudadanos y el PSC, «reconectará» con la derecha reformista española del camaleónico Mariano Rajoy y se olvidará de los delirios independentistas. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, ya dio unas cuantas pistas en su última entrevista con Mònica Terribas de por dónde pueden ir los tiros: reconocimiento de Cataluña como «nación histórica y cultural», sin que esto implique el derecho de autodeterminación, y reforma de la financiación autonómica con la incorporación del principio de ordinalidad.

En el horizonte inmediato de los catalanes/españoles/europeos sólo hay un interrogante de verdad. ¿Qué pasaría y qué cambiaría en el hipotético caso que Donald Trump gane las elecciones presidenciales de los Estados Unidos el próximo 8 de noviembre? Como cantaba Bob Dylan, el flamante premio Nobel de Literatura: «Esto, amigo mío, sólo lo sabe el viento«…

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