Estupefacta

Después del 26-J todavía nos dura a algunos la estupefacción. Los estragos de la inesperada victoria mariana han dejado huella en las caras de muchos electores catalanes, tanto de los que fuimos a votar el domingo pasado con la nariz tapada para no oler la peste a podrido como los que prefirieron pasar la tarde haciendo cola en la autopista en familia. Incluso yo, que sé que España no tiene remedio, no he podido evitar el disgusto de ver cómo los populares han ganado más de 40.000 votos en Cataluña a pesar del Fernándezgate y que la lista encabezada por el alter ego maligno de Torrente ha ganado un escaño más por Lleida respecto a los comicios del pasado diciembre.

No sé hasta qué punto las encuestas electorales las ha cocinado una mano negra, pero yo apostaría por prohibirlas de ahora en adelante y reubicar a sus trabajadores en labores de servicio a la comunidad por todo el daño que han hecho. De entrada, han contribuido a hacer pensar que esto de echar al partido que representa más gráficamente al estercolero de la política ya estaba hecho y que no hacía falta movilizar al voto progresista como hace seis meses. Probablemente también tengan alguna responsabilidad en la respuesta electoral de la derecha franquista sociológica –la catalana y no- ante el sorpasso comunista que nunca ha sido. Aunque no lo parezca, hay muchos que piensan que si los herederos de Stalin se instalan en la Moncloa lo primero que harán será confiscar las vacas y las mujeres. Mejor, entonces, votar al corrupto.

Me importa un pimiento los que dicen que Cataluña ha resistido al voto del miedo porque no es cierto. Todos los partidos excepto ERC han fracasado porque han perdido miles de votos y el partido del siniestro ministro es el que más ha ganado. Y pensando en él, compadezco a su confesor y me lo imagino muy estresado porque con tanto pecado por absolver no debe parar de hacer horas extras, el pobre. Y también pienso que tiene suerte el pecador Fernández porque en la religión que practica todo son ventajas. Confiesa los pecados, reza unas cuantas oraciones –no sé si se llega a flagelar pero haría bien- y condecora unas cuantas Vírgenes para expiar las culpas, y ya puede continuar perpetrando fechorías sin consecuencias hasta la próxima confesión. Si el señor Fernández fuera budista acabaría como mínimo reencarnado en la pulga de una rata.

Las conversaciones reveladas esta semana pasada en Público entre el peor ministro del ramo en muchas legislaturas –con el permiso de Corcuera- y el azote del fraude en Cataluña dan una idea muy clara de cómo utiliza el partido que manda y seguirá mandando los engranajes del Estado en beneficio propio y de cómo estamos de engañados los ciudadanos pensando que vivimos en una democracia. Algunos, los más ilusos, se han atrevido incluso a exigir destituciones fulminantes y responsabilidades políticas al más alto nivel como si los servidores públicos ibéricos tuviesen la obligación de rendir cuentas a alguien y de dimitir cuando no hacen bien su trabajo. Se ve que hay quien todavía no se ha dado cuenta que Europa acaba en los Pirineos y que más abajo la corrupción y el abuso de poder se premian en las urnas.

Los contenidos de las grabaciones han ido muy bien para alterar cuatro días el gallinero patriótico, últimamente bastante desorientado por la resistencia de la CUP a pasar por el aro y por la insoportable hedor a descomposición del cadáver convergente, pero poca cosa más. Duele admitir que lejos de significar la extinción de la secta pepera de tierras catalanas y la subida de los partidos independentistas, resulta que incluso han revivido al monstruo pasándonos la mano por la cara a todo el resto. Yo también era de las fans de Torrente que pensaban que había sido Fernández el responsable de la filtración, sobre todo después de ver cómo la policía iba al diario digital de Jaume Roures a confiscar las pruebas sin ninguna orden judicial. Pero el error es nuestro por haber olvidado que la falta de inteligencia siempre se puede compensar con una buena dosis de maldad.

Este domingo, los ciudadanos han vuelto a votar a pesar de que han votado muchos menos porque votar tan seguido cansa y más si es verano. Yo no soy de las que piensa que sería mejor limitar el voto a la gente que reflexiona antes de votar como ha dicho el demócrata Arturo Pérez Reverte, pero el resultado que perpetúa la incompetencia política mariana personificada en Cataluña en el ministro del Interior me da una rabia tremenda. Ante tanta estulticia humana sólo nos queda seguir el ejemplo de los británicos y emprender el camino del Catexit.

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