Ni Dios salva a la reina

Esta vigilia de San Juan del año 2016, el Reino Unido ha votado por su autodestrucción. En un país de sólo 65 millones de habitantes, plenamente insertado en la civilización de Internet y con una moneda –la libra esterlina- que ya no pintará absolutamente nada entre el dólar y el euro, la decisión de salir de la Unión Europea es, en síntesis, un suicidio político y económico.

Entre las múltiples y traumáticas consecuencias que se divisan en el futuro inmediato está la desmembración de la isla y el fin de la corona británica, representada por la reina Isabel II.

Escocia reclama, con toda la coherencia, la celebración de un segundo referéndum de independencia que, esta vez, ganará ampliamente. Irlanda del Norte explorará y activará, con convicción, la reunificación del Eire.

El derrumbamiento de la libra esterlina condena al país a una hiperinflación y a la extinción de la City de Londres como referente del mercado financiero europeo.

Los restos del antiguo imperio británico (Gibraltar, las Malvinas…) se buscarán pronto la vida fuera de la órbita de Londres. Su sistema de paraísos fiscales en las islas del Canal y del Caribe tendrá que colgar el cartel de ‘closed’.

La industria instalada en territorio británico buscará, con urgencia, su deslocalización al continente. De ser tierra de promisión, lo que quede del Reino Unido pasará a ser un lugar de donde hay que huir por piernas.

La inestabilidad política será total en los próximos años. El UKIP, el partido xenófobo de extrema-derecha de Nigel Farage, es el gran vencedor moral del Brexit y así lo tendrán que confirmar las urnas en los comicios que vendrán. La incapacidad de la corona británica para gestionar este caos puede comportar la extinción de la dinastía de los Windsor y la proclamación de una república inglesa. Vuelve el espectro de Oliver Cromwell.

Los ‘corsarios’ de la City, que se frotan las manos con los enormes beneficios que han obtenido con la especulación a favor del Brexit, pronto se encontrarán ante el precipicio de la ruina más absoluta. La frivolidad y el populismo, cuando van de la mano, provocan la devastación de los pueblos, como es el caso de la Gran Bretaña.

Los ideales de la fraternidad, de la libertad y de la tolerancia nacieron en las logias masónicas inglesas en el siglo XVIII y marcaron el inicio de los grandes cambios políticos que han iluminado el mundo occidental. La Revolución francesa y la Constitución de los Estados Unidos de América son consecuencia directa de este potente impulso civilizador. También lo es el lento y laborioso proceso de construcción europea, que ahora ha quedado desorientado.

El Brexit da alas al retorno del fascismo. Los partidos ultranacionalistas y de extrema-derecha del Viejo Continente exultan con los resultados de este referéndum y reclaman hacerlo también en sus países para continuar la destrucción de la Unión Europea. Paradojas crueles de la historia: si, en el pasado, Gran Bretaña era admirada por ser un foco irradiador en todo el mundo de los valores democráticos y de los derechos humanos y un heroico baluarte en la lucha contra el nazismo, desde este 23-J representa todo lo contrario. Es una cueva donde reina la ‘bestia’ de la xenofobia, la intolerancia y la barbarie.

La diputada laborista Jo Cox, asesinada a manos de un acérrimo partidario del Brexit, ha sido la primera víctima mortal de este neofascismo que ha arraigado y ha ganado el referéndum en Gran Bretaña. Su ejemplo nos tiene que espolear en el combate permanente contra quienes nos quieren guiar hacia el imperio de las tinieblas.

Dicen los analistas que el voto del ‘leave’ ha sido motivado, en gran medida, por el rechazo a la inmigración. Las catastróficas repercusiones económicas que tendrá la salida del Reino Unido de la Unión Europea harán que sean los británicos quienes tendrán que emigrar masivamente de su isla para intentar ganarse la vida…

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