El agujero del ruido

El Vallès hace una apuesta insensata y antiecológica por los deportes del motor, concentrados en un mismo espacio
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El circo de Bernie Ecclestone va a la baja. La mezcla de velocidad, ruido, glamour y machismo sexista que ofrecen las carrera de Fórmula 1 ya no está de moda, sobre todo en los países occidentales. Las audiencias televisivas están cayendo en picado -se calcula que la competición del Campeonato del Mundo ha perdido un 30% de telespectadores- y también la afluencia de público a los circuitos.

La avidez ilimitada de Formula One Management (FOM), la empresa de Bernie Ecclestone, está matando a la gallina de los huevos de oro. Las cantidades exorbitantes que exige a los circuitos que quieren albergar una de las sus carreras y la burbuja de los derechos televisivos hacen que los peajes a pagar por espectadores -entradas carísimas- y telespectadores -el sistema pay per view– sean abusivos. Sólo los países con el síndrome de nuevo-ricos, como los Emiratos Árabes, China o Rusia, se muestran dispuestos a pagar el oro y el moro para poder presumir de tener la F1.

Pero la crisis de este circo es más profunda. Desde hace años, y al contrario que otros deportes como por ejemplo el ciclismo, las máquinas cuentan más que no los pilotos, como lo demuestra la actual hegemonía de los coches de la escudería Mercedes. Además, el diseño de la mayoría de los circuitos impide que se produzcan adelantamientos, uno de los alicientes de toda carrera. Eso hace que la F1 sea aburrida y monótona, apreciación que comparten y denuncian los propios pilotos.

Un deporte desprestigiado
La sociedad evoluciona y nuevos paradigmas definen las tendencias colectivas. La F1 es un deporte de ricos muy ricos, y eso está mal visto en un mundo roto y escandalizado por las enormes diferencias sociales que ha provocado el estallido de la crisis financiera. Ahora predominan el gusto por el slow, el respecto al medio ambiente, el consumo responsable y el fomento de las energías renovables. Quemar gasolina y neumáticos haciendo un humo altamente contaminante y un ruido de mil demonios está en las antípodas de los valores predominantes que marcan la época actual. Por eso la F1 tiene la partida perdida antes de empezar.

El último Gran Premio, celebrado en Montmeló el 15 de mayo, tuvo una asistencia de 87.245 espectadores, una de las más bajas de su historia, a pesar de contar con dos corredores españoles en la pista (Fernando Alonso y Carlos Sainz). El récord fue en 2007, con 140.700 espectadores. Desde entonces no ha dejado de bajar un año tras otro, para desesperación del director del circuito, el convergente Joan Fontserè.

LEE EL REPORTAJE COMPLETO EN LA EDICIÓN EN PAPEL DE EL TRIANGLE DE ESTA SEMANA  

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