Titiriteros terroristas

La derecha ritabarberiana nunca ha tenido un sentido del humor refinado. Encarcelar a unos titiriteros barbudos por un presunto delito de enaltecimiento del terrorismo y de incitación al odio no es un chiste, es el último ejemplo de su falta de sentido del ridículo. Sacas a la caverna mesetaria del caloret bañado en gin-tonics y de los chistes chabacanos llenos de tópicos machistas y es incapaz de entender la ironía y menos todavía que hay espectáculos de marionetas para adultos. Uno de los miembros de este delirante club es el ministro de Interior en funciones, siempre tan diligente cuando se trata de detener a rojos, masones, homosexuales y separatistas.

Se ve que con la revelación que tiene un ángel de la guarda que le ayuda a aparcar el ministro no ha hecho el ridículo suficientemente. Empiezo a sospechar que el representante de la cuota catalana en el gobierno virtual de Rajoy sufre alguna extraña adicción porque se ve claramente que necesita hacerlo a menudo e incrementar la dosis para satisfacer su afán de protagonismo. Si se trata de esto, le aconsejo que la próxima vez que una marioneta granadina se manifieste en euskera detenga al muñeco. Al ejército español nunca le ha temblado la mano a la hora de arrestar a camiones, árboles, cetmes y bestias cuando se ha demostrado su culpabilidad.

La falta de sentido del humor debe ser un defecto de fábrica de toda la derecha carpetovetónica independientemente del lugar de procedencia, la dimensión de la calva y la militancia política. Todavía recuerdo la indignación que Josep Antoni Duran Lleida sentía cada vez que los guionistas de Polònia lo ridiculizaban en uno de sus memorables gags. No sé si llegaron a recibir nunca alguna llamada airada, pero conociendo al personaje y habiendo sufrido personalmente su poder de persuasión, no lo descartaría. Ahora Duran debe de estar tranquilo. Ha dejado de salir en el programa porque no pinta nada en ningún lado. El tiempo acaba poniendo a todos en el lugar que nos corresponde, que es el olvido.

Volviendo al ministro y a sus amigos, me preocupa su ritmo cardíaco porque es ver el anagrama ETA y enloquecer. Todavía me preocupa más su obsesión enfermiza por identificar la cultura –y el independentismo- con el terrorismo y por perseguir con todo el peso de la ley cualquier performance crítica. Más allá de la incuestionable categoría artística de Bertín Osborne, Norma Duval y la Virgen María, parece que en el universo cognitivo popular no queda espacio para nada más. El resto son perroflautas dispuestos a inmolarse con un cinturón de explosivos o a hacer saltar por los aires un coche bomba.

Una vez más, Cataluña vuelve a ser motivo de envidia para las élites ibéricas civilizadas y progresistas. Los catalanes tenemos un programa de humor que pone a parir a los políticos y un gobierno que nos lo consulta todo como hacen en Suiza. De hecho, somos muy afortunados porque podemos exorcizar los demonios haciendo risoterapia desde el sofá. Es cierto que los guionistas no necesitan romperse mucho la cabeza para encontrar la inspiración. Sólo hace falta leer en los diarios que ahora haremos una consulta para decidir si queremos un Barcelona World en Tarragona y los gags salen solos. Para que después digan que los catalanes no tenemos sentido del humor. El problema es de los demás, que no nos entienden y nunca han querido hacerlo.

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