Tiempos de ridículos personales

No son tiempos de condiciones personales, decía Artur Mas el año pasado por estas fechas al ser preguntado por el proceso soberanista. Un año después, no sólo se ha demostrado que son tiempos de condiciones personales, sino que sobre todo son tiempos de ridículos personales. Acostumbrado, como Jordi Pujol, a pensar que sin él Catalunya será el caos, Mas ha perdido la poca credibilidad que le quedaba. Después de intentar inútilmente pactar con la CUP haciéndose pasar per socialdemócrata, ahora vuelve a hablar de elecciones a una ciudadanía cansada de vendedores de humo.

Los estrategas convergentes están acostumbrados a salirse siempre con la suya utilizando todos los instrumentos posibles y olvidando, si hace falta, todos los principios comenzando por los patrióticos. Su última gran victoria fue liar a la dirección republicana para hacer una candidatura conjunta, convencidos que arrasarían en las elecciones. Ahora pensaban hacer lo mismo con los anticapitalistas cuperos porque la única ideología que conocen es la de perpetuarse en el poder. El castigo a tanta soberbia es haberse quedado a las puertas de la mayoría absoluta sin posibilidad de ser investido presidente a no ser que renuncie al proyecto soberanista.

El creerse el más fuerte y listo de la clase ha llevado a menudo a los convergentes a hacer el ridículo. Sólo hace falta recordar la cara de estupefacción que pusieron cuando ERC pactó con el PSC e ICV-EUiA y entronizó a Pasqual Maragall. Es la misma cara que puso Xavier Trias el mes de mayo pasado cuando perdió las elecciones en Barcelona. Entonces los convergentes también estaban convencidos de que ganarían y de que podrían gobernar cómodamente gracias a la muleta republicana. Nunca he oído de ellos ninguna autocrítica porque la culpa siempre la tienen los demás y esta vez le ha tocado a la CUP.

Durante los meses previos a las elecciones del pasado septiembre, CDC manipuló a la opinión pública catalana utilizando hasta el vómito a los medios de comunicación afines. El objetivo era transmitir el discurso reduccionista del bloque soberanista contra el bloque españolista, pasando por alto que una parte de la población también tiene conciencia de clase y no olvida los brutales recortes del gobierno Mas al Estado del bienestar. Considerar el bloque independentista como un bloque monolítico dispuesto a obedecer ciegamente los deseos de CDC ha resultado un gran error estratégico y ahora sufrimos el resultado de tanta incompetencia.

Otro error es haberse pensado que tu interlocutor político tiene el mismo interés que tú por el poder. Ya lo decía la CUP en su vídeo electoral: «Vamos lentos porque vamos lejos». Y cuando paraba el coche de los convergentes al lado, los enviaban a paseo. Negociar con alguien que no quiere lo mismo que tú siempre acabará en fracaso. La lucha política de los cuperos no va de reparto de cromos ni de tener el poder para cortar el bacalao como ha hecho CiU durante décadas. Va de un cambio profundo de las reglas del juego democrático. Y de ruptura, cosa que no liga con el statu quo neoliberal convergente. Por eso es comprensible que no quieran a Artur Mas como presidente de la Generalitat.

¿Tan difícil es de entender que el líder convergente es la antítesis de todo lo que la CUP reivindica como esencia genuina? El delfín Artur Mas representa el continuismo del régimen pujolista, ahora salpicado por una colección de presuntos casos de corrupción que hacen enrojecer de vergüenza, y lidera un partido que ha dicho sí a la Constitución borbónica, que no ha hecho ascos a pactar indistintamente con PP y PSOE en Madrid, y que ha formado parte del vergonzoso pacto de silencio de la Transición. Aunque les sorprenda, hay mucha gente que tiene memoria.

El discurso de que los tiempos difíciles requieren sacrificios no ha servido para convencer a los cuperos. Como tampoco creo que funcionen las reiteradas acusaciones de antipatriotismo que ahora escupe el sector convergente más rabioso reconvertido al independentismo hace cuatro días. La CUP es la fuerza política más pequeña del Parlamento y su lugar natural es en la oposición haciendo de mosca cojonera. Hacer caer en esta formación toda la responsabilidad del fracaso político de Mas y de la nueva convocatoria electoral demuestra que, una vez más, a Convergencia le pierde la soberbia.

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