El Muy Honorable Dragón

El año 1989, Catalunya estuvo a punto de desaparecer. Y no como consecuencia de ninguna LOAPA ni de un Tribunal Constitucional especialmente hostil. El incendio producido en la central nuclear Vandellòs I estuvo en un tris de provocar la fusión del núcleo y, en consecuencia, una fuga radioactiva descontrolada que habría convertido esta milenaria nación en una tierra maldita, contaminada por los siglos de los siglos e inhabitable.

Por eso, cuando escucho a los apóstoles del «proceso» alertar sobre todas las desgracias que nos caerán encima si no culminamos a corto plazo la proclamación de la independencia, no puedo evitar una sonrisa. (En las próximas elecciones) «nos jugamos el ser o no ser», dramatiza el presidente Artur Mas. «Si nos quedamos como estamos, estamos muertos», pontifica el presidente de la Diputación de Barcelona, Salvador Esteve. Otros profetas soberanistas nos anuncian que, si no conseguimos ahora la secesión, ¡la venganza del Estado español contra Catalunya será terrible!

Con el permiso de la Madre Naturaleza y de las tres centrales atómicas que todavía funcionan en la Ribera d’Ebre y en el Baix Camp debo anunciar que Catalunya pervivirá por siempre jamás… si los catalanes queremos que así sea. Con independencia o sin independencia, con el presidente Artur Mas o sin el presidente Artur Mas.

Catalunya es, antes de que nada, una lengua y una cultura propias. Esto es lo único que, de verdad, nos singulariza en relación con las otras comunidades humanas. Y la pervivencia de estos elementos identitarios sólo depende de nuestra voluntad. Además, la Constitución española vigente –que a menudo tanto despreciamos- y las instituciones de la Unión Europea reconocen nuestra diferencia. Las competencias estatutarias que tiene la Generalitat y las disposiciones de Bruselas que protegen las lenguas minoritarias son un sólido muro de contención contra los embates asimilacionistas.

Los catalanes somos muy poco propensos a hacer autocrítica y acostumbramos a dar las culpas de nuestras carencias e insuficiencias a los demás. Para mí, que, hoy en día, el 50,7% de la población de Catalunya tenga el castellano como lengua habitual de expresión y sólo el 36,3% emplee el catalán es, 40 años después de la muerte del dictador Francisco Franco, un fracaso rotundo y estrepitoso del catalanismo democrático y de nuestra máxima expresión institucional, la Generalitat.

No lo hemos hecho bien, no hemos encarado correctamente el reto de seducir a la inmigración castellanoparlante, invitándola a asumir el catalán como lengua relacional. Ni la inmersión lingüística en las escuelas ni TV3 han conseguido la normalización. No hemos sido capaces de empatizar con los castellanoparlantes para que, de manera natural, dieran el paso de adoptar el catalán como lengua de uso habitual. En este sentido, la generación de políticos que eclosionó con el Estatuto de Autonomía de 1979 es la máxima responsable de la precariedad en que se encuentra la lengua catalana.

Desde esta perspectiva, el actual proceso soberanista es un grave error que no ayuda en nada a hacer progresar la lengua y la cultura catalanas, la fibra íntima que sustenta nuestra razón nacional de ser. Al contrario: bunkeriza todavía más a la mayoría castellanoparlante y la aleja definitivamente de la órbita lingüística catalana. El proyecto independentista es percibido con legítima hostilidad por una parte muy importante de la sociedad catalana, con raíces y vínculos familiares más allá del Ebro, y esto perjudica, objetivamente, el proceso de trasvase lingüístico de los inmigrantes hacia el catalán, que debería ser la prioridad de todos los catalanes que defendemos nuestra lengua.

Ítem más: el secesionismo rampante es el principal obstáculo que tiene el catalán para garantizar su pervivencia y transmisión en dominios de la antigua Corona de Aragón, como la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares, la Catalunya Nord o la Franja de Ponent donde todavía se habla. La identificación entre independentismo y lengua catalana es criminal para la recuperación y normalización del catalán (llámese valenciano, mallorquín o LAPAO) en estos territorios hermanos. La «solución» de considerar el castellano como lengua cooficial de la hipotética República Catalana es, sencillamente, una falacia.

Los catalanes somos, por esencia, un pueblo negociador, en el buen sentido de la palabra. La negociación es el antídoto contra la violencia y las guerras. Los valencianos, los baleares y los aragoneses también tienen su identidad propia y están muy orgullosos de ella. Nuestros vecinos no entienden y rechazan la independencia de Catalunya, que les afectaría de manera evidente, y esto tiene un principal damnificado: la lengua catalana, que pasa a ser un elemento incómodo y mal visto en la vida cotidiana de estos territorios, donde la lengua castellana es mayoritaria.

La principal arma de los catalanes es la seducción. Y tenemos que admitir que hemos perdido nuestras artes amatorias. La prueba fehaciente de ello, que nos tendría que hacer caer la cara de vergüenza, es la Encuesta de Usos Lingüísticos que publica el Idescat. La lengua catalana tendría que ser percibida como un vehículo de integración para lograr un grado de civilización superior: y no lo es.

En su discurso con motivo de la Fiesta de Sant Jordi, el presidente Artur Mas hizo referencia a los «dragones» exteriores que «no respetan nuestra dignidad como pueblo y nuestra voluntad de gobernarnos». No, presidente: el «dragón» que amenaza verdaderamente a la identidad catalana tiene la cueva en el Palau de la Generalitat… ¡y sois Vos!

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