Convergència decide: Unió o Esquerra

Catalunya es un pueblo sentimental. Por eso el independentismo ha conseguido volar alto y por eso nunca seremos independientes. Romper con los vínculos familiares y vecinales que unen a catalanoparlantes con castellanoparlantes es una decisión traumática e irreversible que nunca seremos capaces de adoptar. No por miedo, prudencia o cordura. Sencillamente, porque el alma catalana, fuertemente moldeada por el catolicismo conciliar, es así: empática, solidaria y tolerante.

Unió Democràtica (UDC), el partido catalán católico, ha marcado claramente la frontera política y no dará el salto al independentismo. Convergència Democràtica (CDC), desorientada desde la caída a los infiernos de su fundador, Jordi Pujol, ha emprendido, instintivamente, una huída hacia adelante que le lleva a buscar, a la desesperada, la fusión con Esquerra Republicana (ERC). Pero en los pueblos y ciudades de la Catalunya profunda, bastión del movimiento soberanista, todo el mundo se conoce y el encaje de los círculos convergentes con los círculos republicanos es imposible. Son y representan dos mundos diferentes, aunque la Assemblea Nacional intente forzar la síntesis con la bandera del «derecho a decidir».

En esta tesitura, el divorcio entre CDC y UDC es inevitable. A menos, claro está, que la anunciada refundación de Convergència pase por una renuncia explícita a la independencia y busque mantener, como valor estratégico prioritario, la federación con UDC. La indigencia política de la actual dirección convergente, bajo el síndrome del tacticismo a corto plazo, es capaz de esto y de mucho más.

Los apologetas del sobiranismo afirman, satisfechos, que el tradicional eje social derecha-izquierda que determina el juego político en las democracias occidentales ha sido sustituido, en el caso de Catalunya, por el eje nacional independentistas-dependentistas. Pero esto no es así. La disyuntiva de CDC –o Unió o Esquerra- refleja, guste o no guste, la preeminencia del eje social en el debate ideológico actual.

Si CDC persevera en la apuesta independentista sabe que perderá la muleta moderadora de Unió y caerá en un espacio electoral que ya está ocupado por ERC. Confiar en el efecto catalizador del presidente Artur Mas y caer en la tentación caudillista es un gravísimo error de apreciación. En esta oleada regeneradora de profunda limpieza de la clase política que barre Catalunya y el Estado español, Artur Mas sabe que tiene los pies de barro y que puede ser pillado en falso en cualquier momento, acelerando su dimisión antes del 27-S.

Las tensiones entre CDC y UDC llegarán a su clímax en los próximos días con la confección de las listas electorales para las municipales del 24-M. ¿Continuidad de la federación, renunciando a la independencia, o ruptura? Esta es la cuestión palpitante que determinará la política catalana en los próximos dos años.

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