Jordi Pujol se hace el sueco

Del caso Pujol, aquello que más me sorprende y me indigna es la «amnesia» del expresidente de la Generalitat en las dos comparecencias que ha hecho hasta ahora para explicar el origen de la fortuna del clan: en el Parlamento de Catalunya, el pasado 26 de septiembre, y en el Juzgado de instrucción n. 31 de Barcelona, el pasado 27 de enero. Sus intervenciones han sido propias de un enfermo de alzheimer, sea dicho con el máximo respeto por las personas que sufren esta lacra y por sus familias, que tienen que convivir con las dramáticas consecuencias de esta cruel enfermedad.

Pero Jordi Pujol no sufre alzheimer, simula padecerlo. No sabe en qué banco ni en qué país depositó su padre Florenci la «herencia» que, según su versión, procedía de las operaciones hechas con pesetas/dólares en los años cincuenta del siglo pasado. No sabe la cantidad de dinero exacta que había en este «rincón» que no declaró a Hacienda. No sabe cómo gestionaron los dos supuestos albaceas de esta «herencia en B» de su padre, Delfí Mateu y Joaquim Pujol, estos fondos. Ha optado por el recurso cobarde de colgar el «muerto» a dos difuntos. Nunca encontró el momento, durante 35 años, para regularizar este «tesoro» escondido en el extranjero. No sabe qué hizo después su primogénito Jordi Pujol Jr. con esta «herencia» ni cuándo ni cómo se hizo el reparto posterior entre su mujer y los siete hijos.

No sabe, no sabe, no sabe. No recuerda, no recuerda, no recuerda. La actitud del expresidente de la Generalitat en este affaire es increíble, inadmisible y muy poco honorable. Durante 15 años, Jordi Pujol fue el máximo ejecutivo de Banca Catalana y, como es obvio, dirigía todas las grandes operaciones que se realizaron: compra de otros bancos, participación accionarial en empresas, concesión de créditos y autorización de riesgo, captación de pasivo, ampliaciones de capital… La imagen que ahora nos quiere dar de «desinterés» por el dinero es absolutamente falsa e hipócrita. Jordi Pujol ha manejado, administrado y gestionado cantidades fabulosas de capital y, por lo tanto, tiene una aguda y desarrollada «mente matemática» que no cuadra con la supuesta inopia en lo que hace referencia al «tesoro» de su familia al extranjero.

En su etapa como presidente de la Generalitat, Jordi Pujol también demostró que tiene una memoria «prodigiosa». En las visitas que hacía a los pueblos o en los encuentros sociales identificaba y recordaba antecedentes y detalles de las personas con quienes hablaba. ¿Por qué tiene este súbito ataque de «amnesia» cuando se trata del dinero dejado supuestamente por su padre?

Cómo es lógico, Jordi Pujol lo sabe todo y hasta el mínimo detalle de este «tesoro» escondido. Dónde está, cómo se ha nutrido, qué importe tiene, cómo se ha movido, quién lo ha movido y cómo se ha repartido. Pero no lo quiere decir y prefiere «hacerse el sueco».

¿No se da cuenta que su estrategia de defensa es absolutamente errónea? Creando esta «nube» de confusión incentiva el «morbo» y la curiosidad de la gente, de los periodistas, de los jueces y de los fiscales. Al fin y al cabo, Jordi Pujol no ha matado a nadie, que se sepa, sólo ha defraudado a la Hacienda española. Eludiendo su responsabilidad, con la excusa de la amnesia, el expresidente de la Generalitat enfanga y destruye, todavía más, su imagen y su biografía. Y, lo que es más grave, extiende la sombra de desconfianza sobre toda la Generalitat, sobre su obra de gobierno y sobre todos los militantes y cuadros del partido que fundó, Convergència Democràtica.

Jordi Pujol tiene que decir toda la verdad al pueblo de Catalunya. No pasa nada y nos lo merecemos, tanto quienes le han hecho confianza en las urnas como quienes no. Tiene la oportunidad de hacerlo en su próxima comparecencia ante la comisión de investigación parlamentaria sobre el fraude fiscal.

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