Cruyff en el Palau de la Generalitat

De entre los múltiples actos que se organizaron para «calentar» el «proceso participativo» del 9-N hay uno que me llamó especialmente la atención: el apresurado estreno del documental El último partido. 40 años de Johan Cruyff en Catalunya, celebrado en el Auditorio de Barcelona y que contó con la presencia del presidente Artur Mas. Curiosamente, las invitaciones para asistir a la première de este film se cursaron desde Presidencia de la Generalitat y la compañía productora, Bonita Films, fue presionada desde Palau para que acelerara la finalización del montaje y poder hacer el pase de la proyección antes del 9-N.

¿Qué tiene que ver Johan Cruyff, que nunca ha hablado catalán, con la independencia de Catalunya? El jugador holandés fue fichado por el FC Barcelona en 1973, en tiempos del presidente Agustí Montal y con la intermediación financiera de Banca Catalana. Según la tesis del documental, dirigido por Jordi Marcos, la llegada de Cruyff a Barcelona –cual nuevo Mesías- vino acompañada de una serie de valores rupturistas, no sólo en el ámbito futbolístico: el antifranquismo, la lucha por la democracia, el antimadridismo, el renacimiento del catalanismo político, el europeismo, etc.

Catalunya es una sociedad plural, mestiza y abierta. Pero el nacionalismo pujolista ha intentado, durante las últimas décadas, modelar un cliché uniformista del «espíritu catalán», en el cual la veneración a la figura de la exjugador holandés juega un papel fundamental. Invocando su nombre Joan Laporta ganó las elecciones a la presidencia del Barça del año 2003, coronándolo con el título de presidente de honor del club. Como hemos tenido ocasión de constatar amargamente, Johan Cruyff era y es un personaje egocéntrico a quien sólo lo mueve su amor desmesurado y enfermizo por el dinero.

Por las filas del equipo azulgrana han pasado jugadores mucho mejores, brillantes y determinantes que Johan Cruyff. El caso de Leo Messi, en boca de todos estos días por haber superado el récord del mítico Zarra, es, en este sentido, paradigmático. Pero Johan Cruyff encarna y conecta todo un «universo» muy singular y especial: «es» Jordi Pujol, «es» Pep Guardiola, «es» Josep Carreras, «es» TV3, «es» Joan Laporta, «es» Xavier Sala-i-Martín, «es» Pilar Rahola… y ahora, como vemos, el presidente Artur Mas también intenta apropiárselo al servicio del «proceso de transición nacional».

No nos engañemos. Con la apelación simbólica a Johan Cruyff no estamos hablando de «valores» ni de «sentimientos»: estamos hablando de «Dinero» y de «Poder». Ahora mismo está en marcha una potente «conspiración» del «universo cruyffista« para asaltar y conquistar el FC Barcelona –a poder ser, antes de las próximas elecciones de 2016-, que cuenta con la entusiasta colaboración de prominentes periodistas de la Ciudad Condal.

En estos tiempos de crisis económica, hay quien ve el Barça como una «mina de oro» y está dispuesto a «matar» para apropiársela. Los derechos audiovisuales, la construcción del Espai Barça, los contratos de esponsorización, el patrocinio de la camiseta azulgrana…: hay centenares de millones en juego que pueden llenar los bolsillos de los desaprensivos poco honorables que todos conocemos bien. La furibunda campaña lanzada para deslegitimar y deteriorar la imagen del presidente Josep Maria Bartomeu –una persona sencilla y honesta- persigue esta finalidad.

No es extraño que el presidente de la Generalitat también busque la complicidad y la protección de Johan Cruyff. Son almas gemelas. Artur Mas no actúa por amor a Catalunya ni a los catalanes. No lo hace por la independencia (que él no cree posible) ni en memoria de los héroes del 1714 (le resbalan). Lo hace para proteger a sus amigos –que ganan dinero a espuertas, gracias a la Generalitat- y para conservar el poder al precio que sea. Oriol Junqueras, que baja del huerto de Sant Vicenç, ha descubierto, horrorizado, con quién se ha jugado los cuartos y ha acabado desplumado: «Si nosotros tenemos la pelota, ellos no pueden marcar» (Johan Cruyff dixit).

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