La gran estafa moral protagonizada por Jordi Pujol durante los últimos 34 años nos tiene que hacer abrir los ojos y proceder, en consecuencia, a una profunda revisión y limpieza de todo su legado. Yo le reconozco al expresidente de la Generalitat muchos aspectos positivos en su larguísima gestión al frente del Gobierno catalán, pero la colosal mentira que ha confesado de ‘motu proprio’ invalida y destruye su biografía (el ridículo que tendrá que arrastrar toda su vida el escritor de sus ‘Memorias’, Manuel Cuyàs, es de los que hacen época).
En Catalunya entramos en la fase de la «despujolización», que tiene que ser profunda y radical si queremos salir del pozo donde hemos caído. Hay que releer y reformular, sin los prejuicios impuestos por el «padre padrone», los fundamentos del pensamiento catalanista «mainstream». Uno de los axiomas que nos ha dejado, y que todavía es plenamente vigente, es la identificación del «catalan dream» con el proceso de implantación del Estado de Israel, construido bajo la guerra y el terror.
En los mensajes y en la actuación de Jordi Pujol todo tiene una explicación oculta, como estamos constatando, escandalizados, estos días. Su admiración y su obsesión por el Estado de Israel no es una elaboración intelectual de cosecha propia. Es algo más banal: los intereses crematísticos. Florenci Pujol, el padre del expresidente, trabó, en la década de los años cincuenta, una gran amistad con Moisés David Tennenbaum, un judío de origen polaco que se había instalado en la Barcelona de la posguerra. Y es gracias al capital aportado por Tennenbaum que Jordi Pujol pudo hacer realidad su proyecto de crear Banca Catalana.
Pero no tenemos que olvidar que Florenci Pujol, durante la II República, había inscrito a su hijo en el Colegio Alemán de Barcelona, en plena época del III Reich, y que el futuro presidente de la Generalitat cursó aquí sus estudios hasta la derrota final del régimen nazi. Su padre estaba convencido de la victoria de Adolf Hitler y decidió que su hijo estudiara en la escuela de los virtuales vencedores de la II Guerra Mundial, obviamente para sacar réditos.
Es decir, la germanofilia de Jordi Pujol tiene su origen en los cálculos de su padre para prosperar a la sombra del III Reich. Y su radical conversión al sionismo está relacionada directamente con el dinero aportado por David Tennenbaum en la operación de compra de la Banca Dorca y su posterior conversión en Banca Catalana. Si en vez de judío, David Tennenbaum hubiera sido un rico comerciante libanés, a buen seguro que Jordi Pujol habría hecho de Catalunya un bastión de la causa palestina.
Algún día sabremos cómo, pero lo cierto es que los herederos de Moisés David Tennenbaum, que hoy viven en Haifa, fueron generosamente resarcidos por Jordi Pujol, ya presidente de la Generalitat, de la quiebra de Banca Catalana y de la reducción a 0 del valor de su gran paquete de acciones. ¿A través de qué mecanismos pagó Jordi Pujol la «deuda» a sus socios judíos? Este es uno de los misterios que enturbian la historia de la Generalitat restaurada y explican la metástasis de la corrupción institucional.
Lo cierto es que, en los últimos años, Jordi Pujol ha podido visitar en numerosas ocasiones el Estado de Israel, donde ha sido recibido por las primeras autoridades, y esto quiere decir que la «deuda» con los Tennenbaum –actualmente, una influyente familia israelí- fue saldada, a pesar de que el resto de accionistas de Banca Catalana lo perdieron todo. De aquí viene que la Generalitat de Catalunya se haya convertido, por imposición doctrinaria del pujolismo, en el gran aliado político y económico del Estado sionista en la Vieja Europa.
El predicamento que ha logrado Pilar Rahola bajo la protección de Jordi Pujol no es casual. Tampoco lo es que el «lobby» sionista esté fuertemente implantado en CDC. Ni la impunidad criminal con que la empresa Iberpotash (filial de la compañía israelí ICL) contamina el Bages y el Llobregat, tolerada por la Generalitat. Ni las excelentes relaciones que exhiben Artur Mas y el alcalde Xavier Trias con Tel-Aviv y con el embajador israelí en Madrid, Alon Bar. Ni la asimilación del sueño independentista catalán con el Estado de Israel.
Estos días que la población civil de Gaza está sufriendo, una vez más, la brutal represalia del Tsahal siento vergüenza de mi país, Catalunya. Los intereses espurios de Jordi Pujol convierten a los catalanes en cómplices de la barbarie israelí, que ya ha asesinado a más de 300 niños.
Por esta razón, y por muchísimas más, es porque hace falta «despujolizar» Catalunya con urgencia.
