La encuesta más elocuente

Los catalanes somos como unos viejos cascarrabias que nos hemos hecho antipáticos a los ojos de todo el resto de comunidades del Estado español y de los gobiernos de la Unión Europea. Nadie entiende nuestra obsesión por separarnos de una entidad política, España, de la cual fuimos cofundadores en el siglo XV. Y mira que nos esforzamos en explicarlo con pelos y señales, urbi et orbi: déficit fiscal, recentralización de competencias, imposición judicial del 25% del castellano en cinco escuelas concertadas, agravio en las infraestructuras, la derrota de 1714…

No es que desde fuera no nos hagan caso porque nos tienen manía. Es que profundizan, punto por punto, en el argumentario de la «causa catalana» y llegan a la rápida conclusión que no hay para tanto y que, situados en el año 2014 dC, los anhelos de independencia no sólo son un delirio político: son también minoritarios y fruto de una descarada campaña mediática de agit prop alimentada económicamente desde el Gobierno de la Generalitat.

¿Quiénes somos los catalanes? Según la versión clásica de Jordi Pujol, «catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya». Pero hay una segunda variante que se nos quiere imponer desde el nacionalismo rampante: «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Catalunya y ejerce de patriota».

Para comprender el alcance del disparate en el cual nos ha metido el presidente Artur Mas, recomiendo leer cuidadosamente la encuesta sobre usos lingüísticos que ha realizado el Idescat y que acaba de hacer pública la consejería de Cultura. Es mucho más seria e ilustrativa que todas las que generan el CEO o los medios de comunicación subvencionados.

Obviamente, desde el «Sometent mediático» nos han vendido, de manera triunfal y sesgada, algunos datos de la encuesta del Idescat: ¡un 94’3% de la población entiende el catalán!, ¡un 80,4% lo habla!, ¡un 82,4% sabe leerlo!, ¡un 60,4% lo sabe escribir!

Pero si ponemos la lupa en los datos de la encuesta, la realidad es muy distinta: el catalán sólo se utiliza en el 26,7% de los hogares, en el 15% de las relaciones de amistad, en el 17,3% con los vecinos, en el 20,5% con los compañeros de estudios, en el 16,7% con los compañeros de trabajo y en un 22,6% a la hora de escribir notas personales. Estos guarismos reflejan una clara y preocupante regresión de la lengua catalana en relación con las encuestas del 2003 y del 2008.

Por el contrario, el uso social del castellano supera ampliamente el del catalán y está muy consolidado: el 50,7% de los catalanes (¿o no son catalanes?) utiliza el castellano como lengua habitual, mientras que el catalán lo es en el 36,3% de la población. Además, hay un segmento del 10,6% que usa otras lenguas vehiculares en su vida familiar, destacando el árabe, el rumano y el amazig. Por demarcaciones, el catalán es hegemónico en las comarcas del Ebro y del interior, mientras que el castellano lo es en el resto de la zona litoral y en la gran conurbación de Barcelona.

Con estos datos lingüísticos en la mano, ¿qué sentido tiene convocar un referéndum por la independencia de Catalunya? Sólo serviría para constatar aquello que ya sabemos de antemano, que esta cuestión divide profundamente a la sociedad catalana y supone, de facto, el enfrentamiento entre dos comunidades que, hasta ahora, hemos convivido en paz y nos hemos fusionado amorosamente. Abrir la caja de los truenos identitarios no sólo es una temeridad y una irresponsabilidad política. Es el peor camino para conseguir la progresiva consolidación y expansión del uso social de la lengua catalana.

Con la imposición y el victimismo no iremos a ninguna parte. Como buenos mediterráneos, nuestra gran arma es la seducción, pero los catalanes de hoy demostramos que somos un absoluto desastre en el ars amandi. ¡Y después nos quejamos que nadie nos comprende ni nos quiere!

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