Los que me habéis seguido por las redes sociales, quizás os hayáis sorprendido de mi beligerancia en el tema de las tropelías hechas por los Mossos. Lo confieso; había un cabreo personal por el tema. Verán, estuve dando, durante siete años, clases de deontología profesional y Derechos Humanos en la Escuela de Mollet y también, durante cerca de diez, a muchas policías locales.
Incluso, los profesores hicimos un libro sobre la materia que publicó la Diputació de Barcelona y que se puede descargar en pdf bajo una licencia libre.
No éramos videntes como «Acebes» pero pudimos predecir, punto por punto, lo que ha ido sucediendo. La alarma sonó en el momento en que las promociones de aspirantes a policías de Catalunya, se empezaron a auto-definir como «los mil quinientos, a mil quinientos».
El objetivo último de este personal: un sueldo fijo, pocas horas y problemas, los menos. Conceptos como el de servicio a la ciudadanía o los principios publicados ya hace mas de ciento cincuenta años por Sir Robert Peel, han desaparecido de la primera línea. «Yo no quiero problemas… y el que me los busque, saldrá de aquí con la cara partida». Este es un lema que se podría poner en la puerta de muchos cuarteles de la policía en España, sustituyendo al archifamoso «Todo por la patria».
Las «armas» contra esta degradación, como puede ser el reciclaje, los controles deontológicos por parte de la ciudadanía (aquí políticos) o los mandos policiales, o la simple idea de que un policía es un artesano de la seguridad… se han desvanecido. La función clásica ha sido sustituida por una nueva visión, la americana de sus pelis de «policías y ladrones».
Por tanto, también hemos sustituido las armas clásicas policiales, como son la defensa, (la porra clásica y herramienta clave que permite poner distancia entre una persona enfurecida y el policía, y además sirve de bastón, si es necesario) y el revólver, por la porra de muelles extensible (que permite abrirle la cabeza a alguien, pero nada más) y pistolas automáticas de 15 tiros, del 9 mm (pistolas y munición diseñadas para usos militares).
Un ejemplo de la perversión de no llevar la defensa, pues la encontramos en que se les ha tenido que proveer a los Mossos de «chalecos blindados», porque ahora ya no tienen herramientas para alejar a alguien que se les quiere acercar demasiado y abandonan, por falta de reciclaje, demasiado a menudo, las normas aprendidas en autoprotección cuando están en la calle.
Y no hablamos de armas no reglamentarias, que regularmente salen en el debate, como las pistolas eléctricas, que de vez en cuando fríen a alguien, o armas diseñadas para que no sean vistas por las cámaras, como el Kubotan.
Y en cuanto a las herramientas de los antidisturbios, lo mismo. Una pelota de ‘foam’ de estos nuevos lanzadores, si te va a la cara, también te saca un ojo (tiene la medida justa). El problema es y será cómo se usa la fuerza para que no se busque el máximo daño, como ocurre más de una vez.
Muy probablemente, el empresario del Raval estaría vivo (8 contra 1) si los Mossos hubieran utilizado juiciosamente sus defensas.
Pero hay algo mucho más grave que ahora nos afecta. La búsqueda de la impunidad por parte del policía en el momento en que la ha cagado. Miren, todo se puede analizar, e incluso es un riesgo asumido por toda la sociedad, que en una actuación policial se te quede una persona entre las manos. Una desgracia, pero puede pasar.
Lo que no es admisible, y lo que cada vez se pone más de manifiesto, y contra lo que no hay ningún arma, es ver a policías tapando o añadiendo pruebas en busca de la impunidad o en contra de ciudadanos que han cuestionado su «autoridad». Los policías que lo han hecho, y en este caso Mossos, han abandonado la lealtad a las personas que les pagan el sueldo. Simplemente hemos vuelto a las formas predemocráticas.
Porque la pregunta que ahora nos hacemos todos es: ¿Cuántas veces, los policías que intentaron ocultar pruebas por la desgraciada muerte en la calle Aurora, lo han estado haciendo? Y sus compañeros de cuartel, ¿por qué lo han tapado y no lo han denunciado? Recordemos, tenían la obligación legal de hacerlo.
Los malos policías son muy pocos, pero los que miran hacia otro lado, y justifican lo injustificable, sí, esos son muchos. No nos engañemos. Y quiero hacer una mención especial en el caso de referencia, a los sindicatos policiales.
