La bandera negra

Poco a poco, la violencia identitaria va calando en nuestro país. No quiero crear alarmismo ni hacer amarillismo, pero los incidentes que enfrentan independentistas y españolistas empiezan a ser demasiado frecuentes y esto nos tendría que hacer reflexionar. No tengo ningún tipo de dudas de que, en algunos de estos casos, el alcohol y las sustancias psicotrópicas juegan un papel relevante, pero la tensión entre los más enfervorizados exponentes de la estelada independentista y los de la rojigualda va subiendo de tono y, ahora que hace más calor y las cervezas vuelan, el ambiente político puede volverse tórrido.

 

La pasada verbena de San Juan, un chico independentista de Igualada fue apuñalado por una pandilla de exaltados españolistas. Y, a la inversa, una dirigente tarraconense de Ciutadans fue golpeada, días atrás, durante una fiesta popular al Morell. Las sedes de los partidos tildados de unionistas -ya sea Ciutadans, PP o PSC- sufren pintadas y roturas sistemáticas en todo Catalunya. Del mismo modo que, en el País Valenciano, militantes y locales de partidos o de organizaciones que defienden el concepto de los Países Catalanes son objeto, desde hace años, de ataques violentos por parte de los «blaveros».

 

Calma, calma, calma. Pegarse en nombre de la patria o por una bandera pone en marcha una espiral que, en todas partes donde pasa, siempre acaba muy mal. La historia de la Humanidad está llena de ejemplos que no vale la pena referenciar. Por eso hemos inventado la política: para limar las diferencias a través de la dialéctica, la democracia y las leyes.

 

Desde EL TRIANGLE siempre hemos criticado la violencia xenófoba y de extrema derecha y hemos publicado muchos artículos denunciando, con nombres y apellidos, los responsables de las agresiones de los «blaveros» valencianos y de los grupúsculos neonazis que campan por Catalunya. Por eso me provoca rechazo que, en nombre de los ideales independentistas, haya descerebrados que caen en actos parecidos.

 

Cuidado con jugar con la historia. Ahora que nos adentramos en la conmemoración, a toda castaña, del tercer centenario del 1714, nunca tenemos que olvidar que la Guerra de Sucesión fue una guerra y que, como todas las guerras, dejó un reguero de muerte y dolor en ambos bandos. Los soldados felipistas que cayeron en el campo de batalla también tenían familia… Dejamos la historia en las bibliotecas y en las universidades. Intentar hacer revivir en el presente acontecimientos luctuosos del pasado es una invitación formal a la violencia que marcó su inscripción en la memoria de los siglos. El independentismo y el españolismo nunca avanzarán con puñetazos ni varapalos.

 

La gente es muy manipulable y, en especial, en épocas de vacas magras como el actual, cuando las tensiones se exacerban. Por lo tanto, los dirigentes políticos, de todos los colores, tienen que tener cuidado y responsabilidad con las palabras y los actos. El pasado 9 de julio, 39 ayuntamientos de la comarca de Osona colgaron una bandera negra en el balcón, rememorando el 300 aniversario del llamado Bando de Guerra a ultranza que dictó la Junta de Brazos cuando se acercaba la derrota en la Guerra de Sucesión. La bandera negra -al contrario que la bandera blanca- quiere decir exterminio, sin contemplaciones, de los enemigos y de todos sus colaboradores.

 

A mí me parece muy fuerte y fuera de lugar que la bandera negra, cargada de odio y de sangre, ondee, aunque sea sólo un día, en los mástiles de 39 ayuntamientos de Catalunya. ¿Quiénes son los enemigos que hay que «exterminar», según los promotores de esta brillante e idea, la Comisión Osona 2014? ¿Los castellanoparlantes, los magrebíes, los ecuatorianos, los seguidores de la Roja, los socios del Espanyol, los turistas franceses, los votantes de PSC, PP y Ciutadans? Afortunadamente, el pueblo es mucho más sabio que todos estos enfermos de indigestión histórica.

 

Las banderas engendran monstruos que hay que echar. En nombre de la tolerancia, tenemos que ser intolerantes con los profetas de la intolerancia, ya sean españolistas o independentistas.

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