El regreso a la rutina del mes de septiembre es duro, lo admito, pero en la galaxia independentista la depresión postvacacional llega a unos niveles de locura desconcertante que culminan en el clímax de la Diada y se van manteniendo estables hasta la fatídica fecha del aquelarre del 1-O. No sé si el trastorno transitorio que vivimos desde hace unas cuantas ediciones tiene que ver con el recurrente exceso de sol de la Costa Brava, la indigestión de mariscadas en mal estado o los efectos de habaneras desafinadas. Lo que sí puedo decir es que la televisión pública catalana es una de las responsables del calentamiento cerebral de la población por mucho que Lídia Heredia se enfade. He hecho la prueba con el vecino: tiene TV3 todo el día y, excepto los anuncios de disfunción eréctil y de irritación vaginal, todo es proceso y, en el caso de los informativos, procesos (proceso+sucesos).

 

Ni con tapones en la orejas es posible mantenerse al margen de tanto guirigay de políticos de medio pelo, de sabios ignorantes y de intelectuales orgánicos. El imprescindible silencio para reflexionar y preguntarse, por ejemplo, por qué el Parlamento está vacío mientras que los diputados siguen cobrando cada mes puntual o por qué el gobierno de Quim Torra no gobierna, se llena de los gritos de los gallos zurrándose de lo lindo. Aquí todo el mundo pone y quita lacitos amarillos y todo el mundo se zurra: independentistas contra dependentistas e independentistas de pedigrí convergente contra independentistas de pedigrí desconocido. La cuestión clave es que el ruido no nos deje pensar críticamente porque de hacerlo, acabaríamos poniendo a todo el mundo en el lugar que se merece: en la papelera de la historia.

 

Haciendo un gran sacrificio personal he escuchado desde el principio hasta el final el discurso que el presidente de la Generalitat hizo hace unos días en el Teatro Nacional de Cataluña para ir calentando el ambiente prebélico. Al contrario de muchos que criticaron el lugar escogido por el monaguillo de Puigdemont para arrojar de nuevo a las masas al sacrificio por una patria inexistente, yo creo que el TNC fue el lugar adecuado para el show. Solo en un teatro se pueden escuchar barbaridades como las que dijo el incendiario Torra y esperar que el auditorio aplauda entusiasmado. Que no se puede negociar nada con el gobierno de Madrid teniendo presos políticos presos es mentira. Y si no, que se lo pregunten al incombustible Tardà, uno de los pocos que piensa y que, por eso mismo, es trinchado por el fuego amigo.

 

Cuando quiera dejar de pensar por mí misma ya miraré TV3 siguiendo el consejo del demócrata Albert Rivera, porque hasta el 27-O –día de la declaración falsa de independencia- sé que el espectáculo está garantizado. Lamentablemente, mientras nos distraen con luz de gas, pasan cosas de verdad. Cosas preocupantes. Y no hablo de la estampida del profesor Domènech, comprensible tal y como están las cosas en el universo común. Ni del fichaje del alcaldable Valls por parte de los jesuitas para que dé clases en ESADE sobre migraciones y explique cómo limpiar la patria de pobres e indeseables, criaturas incluidas. Ni de la decisión política de dejar al Borbón emérito y a sus negocios turbios al margen de la ley. Hablo del avance de la ultraderecha en Europa y de la crisis económica que cumple una década y parece interminable.

 

Mientras los catalanes nos volvemos sordos con tanto ruido, en el resto del mundo pasan cosas, como diría un tal Mariano. Un poco de silencio, por favor.