Cada 8 de marzo se repite la misma historia. Es acercarse la fecha y comenzar el bombardeo de noticias sobre lo desgraciadas que somos las mujeres por haber nacido en un mundo de hombres, religiones y capitalismo. La lista de agravios comparativos es interminable y agradezco el recordatorio: peores trabajos y sueldos, techo de cristal, paro, acoso sexual, violencia de género, obligaciones domésticas y familiares... Las que nos rebelamos contra el determinismo social por el solo hecho de haber nacido con ovarios en lugar de testículos sabemos que lo tenemos todo muy difícil y, si en algún momento de obnubilación transitoria provocada por las traidoras hormonas lo olvidamos, ya se encarga la sociedad de recordarnos cuál es nuestro papel en el tablero. Siempre secundario.

Estoy cansada de manifestarme cada 8 de marzo por la igualdad de oportunidades en un mundo de explotados y explotadores. Y no es sólo porque al día siguiente todo continúa igual o peor. Es también porque la fecha de marras se ha reducido a puro marketing, como la fiesta del patriarca (Día del Padre) o la del falso amor romántico (San Valentín). Llevo décadas de militancia feminista y el regusto que me queda en la boca después de cada efeméride es una mezcla de frustración y rabia que me dura el resto del año por mucho que me lave la boca. Por eso, no puedo evitar mirar con ojos críticos la huelga mundial de mujeres que se ha convocado este jueves, una huelga que no todas podremos hacer porque las que trabajamos en precario no nos lo podremos permitir.

La convocatoria –y la discusión sobre si la huelga la hemos de hacer sólo las mujeres en un intento de demostrar que sin nosotras el mundo se para- ha generado un interesante debate en mi trabajo que ha puesto de manifiesto las contradicciones de una propuesta que, en cierta forma, es elitista, parcial y egocéntrica. Egocéntrica porque no hay nadie que sea imprescindible. Elitista porque pocas mujeres podrán descontarse de la nómina las horas no trabajadas sin sufrir un descalabro. Y parcial porque no concibo una sociedad más justa sin incluir a los hombres en la lucha. La falta de quórum ha hecho que al final cada una opte por hacer lo que pueda porque más allá de los lemas bonitos, la realidad es dura y las circunstancias personales todavía más.

Si hay un ámbito profesional que supura machismo, este es el periodístico. De poco ha servido haber experimentado estos años una feminización de la profesión que ha crecido en paralelo a la precariedad laboral: son los hombres los que siguen escogiendo los temas que irán en la portada. Las mujeres periodistas –las que tienen la suerte de trabajar como tales- han decidido adherirse a la huelga y lo han hecho con un manifiesto que remarca que "el feminismo también es necesario para mejorar el periodismo". Las reivindicaciones compartidas con el resto de ámbitos profesionales tienen que ver con la brecha salarial, el techo de cristal, la precariedad, la conciliación y el acoso laboral y sexual. Entre las propias de la profesión destacan la masculinización de los espacios de opinión y tertulias, y la mirada parcial de los enfoques informativos que tratan a las mujeres con estereotipos y culpabilizan a las víctimas de violencia machista.

El manifiesto se leerá al mediodía en los jardines de Montserrat Roig en la concentración-plantada de micrófonos, cámaras, libretas y portátiles que ha convocado la coordinadora Medios en lucha. Después de cinco años de silencio –y también de frustración por la poca solidaridad del gremio periodístico- la plataforma se ha reactivado hace poco en respuesta a los nuevos recortes y despidos de trabajadores anunciados en diversas cabeceras periodísticas de Barcelona y también en la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales. Como en el caso de las reivindicaciones del 8-M, reclamar libertad de expresión y derecho a la información a las empresas periodísticas parece una quimera. Aún así, persistimos en el intento porque nadie nos quitará el derecho a soñar un mundo mejor.