Qué alegría da ver parte del ejecutivo de P.Sánchez posando en la fotografía oficial vestido de rojo menstruación. Entiendo el gesto como un símbolo, igual que el hecho que el nuevo presidente del gobierno español prometa el cargo sin biblia ni crucifijo y haya apostado por un equipo con muchas más mujeres que hombres. Ahora bien, quien diga que esto no quiere decir necesariamente que el equipo será mejor que los precedentes y que un gobierno femenino no es sinónimo de feminista, también tiene razón. Solo hace falta ver todo el daño que han hecho las ministras de M. Rajoy. Sin embargo, prefiero esperarme a los hechos antes de emitir un veredicto definitivo a pesar de que la decisión de nombrar ministro a Josep Borrell me ha congelado la sonrisa. Dura poco la alegría en la casa del pobre.

Mis amigos federalistas me explican que su fichaje tiene un doble objetivo: desactivar a Ciudadanos y mantener al raier –tan incomprensiblemente querido por la militancia del PSOE a pesar de todas sus cagadas- bien ocupado y lo suficientemente lejos para que no toque mucho los huevos. He de decir que, de momento, este argumento no se sostiene porque el jacobino Borrell continua alimentando un enfrentamiento ficticio con declaraciones más propias de un incendiario que de un ministro. Además, no me merece ninguna confianza alguien que mientras era rector del Instituto Universitario Europeo cobró 300.000 euros como consejero de Abengoa sabiendo que era incompatible con el cargo. Josep Borrell dimitió del cargo solo después de descubrirse la travesura, que él calificó cínicamente de olvido y yo de morro descomunal.

Es cierto que en todo gobierno siempre hay un ministro que es más odioso que el resto. Me vienen a la cabeza para empezar los nombres de Barrionuevo, Solchaga, Cospedal, Montoro o Arias Cañete y mi cerebro dice ¡basta! porque entonces recuerdo que yo también me como los yogures caducados y me pongo enferma. Quizás todavía sea pronto para votar al supervillano del gobierno Sánchez y me fastidia pensar que, por número, el título honorífico bien podría recaer en una ministra. Así que mientras espero acontecimientos, designo provisionalmente a Pepe Borrell como el malo más malo. Reconozco que no me arriesgo mucho a la hora de escoger porque Grande-Marlaska también apunta maneras. Paciencia.

No quiero valorar por ahora el haber escogido a un astronauta como ministro de ciencia y a un presentador de televisión con ínfulas de periodista y escritor como ministro de cultura. De Pedro Duque solo puedo decir que espero que no siga en la luna y concentre todos sus esfuerzos en aumentar la inversión pública en investigación y en energías renovables. Sobre el frívolo Màxim Huerta, su nombramiento ha dejado bien descolocados a mis amigos culturillas. Muchos de ellos no sabían quién era antes de su nombramiento y menos que hubiese escrito tantas novelas. Para hacer un experimento, el sábado pasado una amiga y yo nos dedicamos a recorrer librerías –serias, no mediáticas- buscando alguna de las obras literarias del colaborador de Ana Rosa Quintana. Nadie tenía sus libros, así que no puedo valorar todavía si es adecuado para el cargo.

Y mientras que Sánchez saborea su enésima victoria sobre el aparato socialista, se llena de orgullo al ver que la primera encuesta electoral le sitúa como ganador y observa divertido el cambio de chaqueta del grupo Prisa, yo pienso en la cara que se les ha quedado a los grupos que apoyaron su moción de censura. A los podemitas no les podría ir peor según el mismo sondeo: pierden gas por apoyar al PSOE y porque el asunto de la barraquita en la sierra trae cola. A los vascos, el nombramiento del juez bilbaíno como ministro del Interior les provoca urticaria y los catalanes seguimos esperando un gesto para reconstruir los puentes rotos que no llega nunca. Hemos rebajado tanto el listón que ya no pedimos que liberen a los presos políticos presos y nos conformamos con un acercamiento. ¿Hay alguien ahí?