Tarragona y Cataluña teníamos una oportunidad de oro para demostrar nuestra capacidad de empatizar con la humanidad y de organizar grandes acontecimientos de dimensión internacional. La celebración de los XVIII Juegos del Mediterráneo, conseguida gracias a la tenacidad del alcalde Fèlix Ballesteros, tenía un enorme potencial y, si se hubieran podido preparar con normalidad, una carga simbólica de gran intensidad y proyección.

El Mediterráneo, cuna de la civilización y cruce de culturas, vive, desde hace siglos, en permanente conflicto. Asistimos hoy al drama de los migrantes y de la terrible frontera de agua que se ha tragado miles de vidas. La guerra de Siria, el polvorín de Palestina y el caos de Libia han provocado matanzas escalofriantes y millones de refugiados. El islam y el cristianismo han hecho de cada orilla un mundo aparte que son muy difíciles de interpenetrar, con el caso la isla dividida de Chipre como paradigma de este doloroso divorcio.

La pacificación y la coordinación de los países del norte y del sur del Mediterráneo podría convertir este mar interior en una zona de gran prosperidad y de intensa actividad comercial y cultural, como fue en el pasado. El Egipto de los faraones, la Grecia de los grandes filósofos, el Israel del templo de Salomón, la Roma capital del mundo, la sofisticación del imperio de la Sublime Puerta, la Venecia puente de Oriente, la expansión de la Corona de Aragón... son épocas brillantes que hoy se han extinguido y que han transmutado esta zona en marginal en la geopolítica y la geoeconomía global.

Por eso, la celebración de una competición deportiva en Tarragona, con la participación de más de 4.000 atletas de 23 países, podía ser el espejo del Mediterráneo que queremos: un espacio común que acoge culturas antiquísimas y que tenemos que transformar en un mar de hermandad, fraternidad, solidaridad y progreso en armonía. Este era el sentido profundo de los XVIII Juegos del Mediterráneo, que los catalanes no hemos sido capaces de concretar ni de desarrollar.

El cainismo tan nuestro ha empañado este acontecimiento y lo ha devaluado. Los enemigos políticos del alcalde de Tarragona, Fèlix Ballesteros, con la mirada puesta en las elecciones municipales del año próximo, han puesto todos los palos que han podido a las ruedas de la organización para evitar que se apuntara un éxito. El proceso soberanista también ha contaminado esta fiesta del deporte, como hemos podido ver con el show protagonizado por el presidente de la Generalitat, Quim Torra, con el rey Felipe VI a cuenta de la ceremonia de inauguración.

Como pasó con los Juegos Olímpicos del 1992, los independentistas han intentado convertir este encuentro internacional de deportistas en una caja de resonancia de sus reivindicaciones políticas. El alcalde Fèlix Ballesteros ha sido incapaz de convencer a la sociedad tarraconense y catalana de la importancia estratégica de los XVIII Juegos del Mediterráneo en el noble objetivo de promover el diálogo, la comprensión y la paz entre los pueblos de la cuenca.

Todo esto es muy penoso. Las peleas domésticas han manipulado y ahogado un acontecimiento internacional que debía ser magnífico y que ha acabado siendo un trámite fastidioso obligado por el calendario. Los miedos del alcalde Fèlix Ballesteros a la ola amarilla y la obnubilación de los independentistas, que no saben discernir el grano de la paja, han dado una patética imagen de Tarragona y de Cataluña. Somos lo que no hay.