Los expertos relacionan los 100 días de gracia con Napoleón. Es el tiempo que transcurrió desde su huida de la isla de Elba donde estaba exiliado y su derrota definitiva en Waterloo -1815. Durante esta "campaña de los cien días", reconstruyó el ejército y retomó el gobierno. En Estados Unidos, fue el presidente Franklin D. Roosevelt quien introdujo los 100 días como "período de gracia". Asumió el cargo en 1933 y durante los primeros cien días de gobierno aprobó la mayoría de leyes intervencionistas que puso en marcha para luchar contra la Gran Depresión. Estas leyes fueron posteriormente su legado y se conocen como New Deal. En este tiempo, logró que el Congreso aprobara 15 leyes que reconstruirían la moral y la economía del país. Desde entonces, ha sido una fecha simbólica en la que los presidentes trazan las prioridades y en la que, en teoría, cesan las hostilidades gracias a una especie de armisticio nunca escrito ni firmado.

Si nunca los tuvo, que me temo que no, Quim Torra ha agotado sus 100 días de gracia, y se reanudan las hostilidades de manera oficial. No obstante, el presidente ha pedido una prórroga al anunciar una conferencia para el 4 de septiembre, en la cual pretende revelar su hoja de ruta. Dada la sensación de desorden que sufre el país desde hace ya demasiado tiempo, la disertación parece oportuna; ahora faltará que Torra explique algo y se aleje del brindis al sol habitual, veremos. Sea como sea, el 4 de septiembre, cuando las fuerzas catalanas hicieron el asalto a Manresa contra la guarnición borbónica durante la Guerra de los catalanes -1714-, servirá de punto de partida de un otoño, que se intuye caliente. El calendario catalán marca en amarillo distintas efemérides: del 11 de septiembre, Diada de Cataluña, hasta el 27 de octubre, primer aniversario de la aprobación de la Declaración Unilateral de Independencia (DUE), pasando por el 1 de octubre, referéndum, y por la constitución oficial del movimiento Crida Nacional para la República del presidente emérito, Carles Puigdemont. Todo ello, sin olvidar el juicio del 'procés', aún pendiente de datar, ni la segunda bilateral entre los presidentes Torra y Sánchez.

Con el independentismo más dividido que nunca, nada hace pensar, y lo lamento, que las aguas se calmen. Mientras ERC aboga por desplegar gestos de distensión que aprovechen el nuevo talante del gobierno español, los de Puigdemont dan por hecho que el Supremo sentenciará con dureza contra los presos independentistas y, por tanto, ven del todo inútil cualquier vía de distensión, y la CUP se mantiene en sus trece a tirar por el pedregal de la República. Mientras tanto, Ciutadans y el PP atizan el fuego del enfrentamiento pensando sólo en sus réditos políticos.

Así, con el otoño, los días se irán acortando y los árboles desnudando, y, después de los 100 días de gracia preceptivos, todo hace pensar que llegarán los de desgracia...