El nuevo mantra del procesismo catalán es esperar una especie de alineamiento estelar que cree una "ventana de oportunidad" para poder confirmar e implementar de manera efectiva la República efímeramente proclamada el pasado 27 de octubre. Esta dimensión mágica del pensamiento independentista es absolutamente frívola y descorazonadora.

Los catalanes nos hemos convertido, a la fuerza, en unos grandes expertos en historia medieval. Y sabemos que la independencia de Cataluña sólo sería asequible si, como pasó en el siglo X, se produce algún día el colapso y la desintegración de la Unión Europea (la versión moderna del Sacro Imperio Germánico). Pero también sabemos que este desastre geopolítico y geoeconómico del proyecto europeo, que podría llegar a ser verosímil si triunfan los populismos xenófobos que proliferan en muchos países comunitarios, iría acompañado de violencia y sería, de entrada, una catástrofe para todo el mundo.

Diría que, empujados por dos factores –la caída del régimen pujolista y la feroz crisis económica del 2007-, los catalanes hemos intentado culminar un viejo y bello sueño, pergeñado por algunos con las independencias de Cuba (1898) e Irlanda (1921) y abortado por el estallido de la Guerra Civil y la Guerra Fría que siguió a la II Guerra Mundial. Ensayar y revivir este proyecto nunca concluido parecería que era el deber y la obligación de una generación de políticos y activistas que crecieron bajo las faldas del pujolismo.

Yo intento hacer siempre una lectura positiva de las cosas y creo que, en resumidas cuentas, teníamos que pasar este sarampión independentista para darnos cuenta que el tiempo no pasa en balde y que cada momento histórico tiene su sentido y su respuesta. La conclusión de todo lo vivido -que algunos ya sabíamos de antemano y así lo habíamos escrito- había que confirmarla: en el marco de una Unión Europea en fase de construcción y consolidación, es impensable, por absurdo, que una "región" –en el argot de Bruselas- pueda escindirse unilateralmente de un Estado miembro para crear un nuevo Estado.

La realidad y las circunstancias del siglo XXI, inmersos en la revolución digital y de las telecomunicaciones, no son las mismas que las de los siglos XVIII, XIX o XX. Algo tan sencillo y elemental parece que no había sido tenido en cuenta por los "cerebros" del proyecto procesista.

Descartada la independencia, Cataluña no se tiene que conformar con ser una comunidad autónoma más del Reino de España. No todo en la vida, y menos en política, es blanco o negro. Tenemos a tocar –sí, a tocar- otros proyectos verosímiles que permiten conservar y garantizar nuestros fundamentales: la lengua, el autogobierno y la relación con los territorios históricos de la Corona de Aragón e, incluso, de Occitania (el sueño del rey Pedro el Católico que quedó frustrado en la batalla de Muret, en 1213).

Esta vía ya la intuyó y la exploró el desafortunado presidente Pasqual Maragall con la creación de la Euroregión Mediterráneo-Pirineos. Se trataba de interrelacionar e interaccionar con las regiones fronterizas e históricamente vinculadas con Cataluña: Aragón, las islas Baleares, Languedoc-Rossellón y Midi-Pirineos. Esta estrategia, pragmática y dotada de una gran potencialidad económica, contaba con la plena bendición de Bruselas, que promueve, fomenta y financia la creación de euroregiones transfronterizas en todo el espacio europeo.

Pero las urgencias del pujolismo –que se vio arrastrado al barro de la corrupción- para salir de su trágico callejón sin salida catapultaron en 2012 la opción independentista para intentar escabullirse de la justicia, tal como pasó en 1985 con la querella de Banca Catalana. Con la entrada de Iñaki Urdangarin en la prisión (cuota familiar borbónica) y el próximo encarcelamiento de Oriol Pujol (cuota familiar pujolista), después de haber pactado una condena de 2,5 años de prisión con la Fiscalía, se cierra con empate este periodo convulso.

Los catalanes no tenemos que esperar ninguna "ventana de oportunidad" para alcanzar la plenitud. Ya la tenemos ante nuestras narices y es muy grande. Se trata de recuperar el proyecto de Pasqual Maragall y vertebrar y dotar de contenido un espacio euroregional que, además, podría incorporar la Comunidad Valenciana y Murcia, con vértices en Toulouse, Montpellier, Zaragoza, Barcelona y Valencia. Crearíamos, por encima de las viejas fronteras y comunicada por una moderna red de autopistas, trenes de alta velocidad, puertos y aeropuertos, una potente realidad geopolítica y geoeconómica de 21,5 millones de habitantes que abrazaría el Mediterráneo occidental y su área de influencia.

La alianza de la Corona de Aragón y Occitania, el sueño frustrado de nuestros antepasados, adquiere plena lógica y es factible en el siglo XXI. El Pino de las Tres Ramas del rey Jaime I o la Mata de Junco evocada por Ramon Muntaner no son quimeras del pasado, son las perspectivas de futuro que, si queremos, nos ofrece el marco de la Unión Europea.

En este camino abierto, los catalanes tenemos una obligación: volver a ser fieles y leales a nuestros compromisos. Tenemos que abandonar la tontería unilateral, aceptar los pactos contraídos que hemos firmado y que nos amparan y ser unos socios fiables para nuestros vecinos y para las instituciones europeas. Debemos romper por siempre jamás esta imagen que tenemos de "gente de malfiar" que espera la mínima oportunidad para atacar por la espalda y traicionar a quien hemos estrechado la mano.