Hay unas raíces fundamentales que, desde hace más de 40 años, nutren y vigorizan a la sociedad catalana surgida de la Transición post-franquista: la recuperación de la lengua y la cultura, la defensa de la democracia, el deseo de autogobierno (teniendo en cuenta que estamos en la era de la interdependencia), la pertenencia a la Unión Europea, el anhelo de progreso económico (pero no a cualquier precio), la preservación del Estado del bienestar (sanidad, educación, pensiones...), el respeto a la diversidad, la integración de la inmigración y la proyección internacional de nuestros valores. 

Esto no nos hace mejores ni diferentes. Son muchos los pueblos, naciones y estados que, como la gran mayoría de catalanes, sintonizan con estas mismas convicciones. De hecho, este consenso local/global es el que hace posible la vertebración de la Unión Europea y también que, por primera vez en muchas décadas y siglos, no haya ninguna guerra declarada en ningún lugar del planeta. ¡Felicitémonos y celebrémoslo! 

El Once de Septiembre, la Fiesta Nacional de Cataluña, tendría que ser esto: un motivo para recordar y conmemorar de dónde venimos y, a la vez, para mostrar la legítima satisfacción por haber conseguido construir -a pesar de las turbulencias y los desastres del pasado- una sociedad cohesionada alrededor de nobles principios, como la paz, la libertad y la fraternidad, entre nosotros y con todo el mundo. 

Este es el sentido que tienen las celebraciones nacionales en los países democráticos maduros. Es obvio que los himnos patrióticos, heredados de contextos históricos muy lejanos, no pueden marcar la agenda política de hoy en día. Ni el 4 de julio en los Estados Unidos ni el 14 de julio en Francia, por poner dos ejemplos, tienen ahora el mismo significado que en 1776 y 1789. Sin ir más lejos, los Estados Unidos y el Reino Unido, que entonces eran enemigos acérrimos, son hoy unos sólidos aliados. Es absurdo, desde esta perspectiva, tomarse La Marsellesa al pie de la letra, como también es hacerlo con Els Segadors, aunque para muchos independentistas sea un texto tan sagrado como la Biblia para los fundamentalistas judíos y cristianos, que hay que seguir de pe a pa. 

Desgraciadamente, este Once de Septiembre tampoco podré participar en los actos de celebración de la Diada. No es por problemas de agenda: desde hace seis años, los secesionistas me han robado la fiesta nacional de mi país, tal como yo la entiendo. No me da la gana inscribirme en una manifestación planificada como si fuera una obra de teatro para intentar impactar a las teles mundiales ni disfrazarme con una camiseta obligatoria (este año, toca de color coral, como el plástico del cierre de las urnas importadas de China para el referéndum del 1-O).

Y sí: yo quiero la libertad de los presos y el regreso de quienes se han ido.