No hay encuestas sobre los motivos que inducen a gente de Cataluña a prenderse un lazo amarillo en la pechera, al lado del corazón y, si las hay, no se hacen públicas. Quizá es que la cosa carece de significado, pero también podría ser que tras el adminículo se oculten numerosas e inconfesadas intenciones.

Formalmente, el lazo amarillo y su metamorfosis ad infinitum en buzones, pasos de peatones, arbolado, buzones, vallas, contenedores, etc. etc. etc., es para reclamar la libertad de las personas detenidas en relación con los sucesos de octubre de 2017. Como el Euskal presoak etxera (Presos vascos a casa), repetido por el nacionalismo de obediencia etarra durante décadas, podría entenderse que lo del amarillo está dirigido sobre todo a los jueces, que son quienes deciden los encarcelamientos. Cosa que, en clave nacionalista, apuntaría más bien al demonizado Estado, totum revolutum en el que cabe hasta la propia Generalitat.

Sin embargo, poder judicial, gobierno, Estado… son abstracciones y, en consecuencia, carecen de ojos. Su percepción del mensaje que transmite el lacito es más bien indirecta y, en consecuencia, tienden a hacer oídos sordos. Cosa que no resulta posible en el espacio público, anegado de amarillo. Ahí, quiérase o no, la ciudadanía en general se ve obligada a percibir de manera extraordinariamente redundante la alerta del lacito. Y esto, cuando adquiere una dimensión como la que ha adquirido puede convertirse en obsesivo.

En cualquier caso, el lacito y sus derivados amarillos hacen referencia a los presos, pero no a todos. Solo a los "nuestros", a los de la causa nacionalista, porque hasta en esto de los presos existe la propiedad. Habrá, sin duda, quienes, animados por las virtudes teologales, se suman por caridad al sufrimiento de los detenidos y piden su liberación. También, entre quienes dicen ser partidarios de la democracia radical, victimistas y gente buena en general, habrá proclives al amarillo. Y seguramente, un nutrido grupo también pertenecerá a eso de "¿dónde va Vicente?, donde va la gente".

De todos modos, hay que tener en cuenta que la de los presos es una causa derivada, parcial o como se le quiera llamar, de otra principal, que es la independencia. Y eso es lo que, en definitiva, transmite el amarillo: la comunión con la causa nacionalista. Los presos -al igual que lo de la democracia, votar es normal…- generan adhesiones inducidas, engordan indirectamente el asunto. Y, sobre todo, lo que hace es mantener encendida la llama sagrada de la movilización. Y hasta, porqué no, aporta liquidez a las arcas de la ANC, Omnium y similares.

Pero como no hay ying sin yang, resulta que la pasión generada por el amarillo también puede resultar un obstáculo para quienes, en el terreno de juego nacionalista, huyen como alma que lleva el diablo de ser interpretados como traidores y, en realidad, tratan de enfriar el tema. Ya se sabe, en fin, que no resulta fácil estar en misa y repicando.

El lazo amarillo, que autodefine a la comunidad nacionalista y compañeros de viaje, distingue pues a los elegidos de los que no lo son: la parte de la sociedad, digamos civil, que no comulga con la causa y está hasta la coronilla del lazo amarillo y lo que representa. La parte de Cataluña que aspira, por ejemplo, a que la alcaldesa de Barcelona, en vez de ponerse también el lazo amarillo (con lo cual pone de manifiesto de qué lado se encuentra), llame a quitárselo, a volver a vestir de paisano. Porque esa es la obligación de una alcaldesa.