El neo-republicanismo nacionalista catalán (versión Crida), que aparenta serlo de toda la vida, choca de bruces con sus prácticas, propias de las monarquías electivas. “El monarca que estaba de mandato -dice de éstas Wikipedia- escogía su heredero (hijo, hija, hermano, hermana, u otro pariente), elegido durante la vida del monarca, mientras éste fuera capaz de ejercer su influencia, para dirigir la elección al resultado deseado” ¿Nos suena?

Sin cortarse un pelo, esto es lo que hizo Jordi Pujol cuando designó sucesor político a su hijo Oriol Pujol Ferrusola. Con ello, estrenó dinastía política, al estilo Kim Il-sung, Háfez al-Ásad y Joseph Kabila. Pero no lo hizo de manera directa como aquéllos, sino a través de persona interpuesta. Colocando por delante a un comodín, que en este caso fue Artur Mas ¿Por qué? ¿Por mantener las formas o quizá con la idea de habilitar un recambio ante la eventualidad de un tropezón, como así acabó ocurriendo?

Ya se sabe, le dauphin Oriol cayó en desgracia por una vulgar martingala de corrupción y el intercalado Mas aprovechó el atajo para entronizarse. Al garete se fueron los sueños de Pujol padre que, según se dijo, giraban en torno a la idea de ser nombrado él mismo presidente de honor del partido, mientras Mas ocuparía la presidencia (más representativa que ejecutiva) y Oriol Pujol se quedaba con la secretaría general. No en balde, Jordi Pujol venía encauzando de largo la carrera política de su hijo y sucesor. Cosa de otro lado natural en el amo, siempre propenso a la reproducción del linaje y los privilegios que ello conlleva.

Mas no solo se erigió en meritorio sucesor del fundador de la dinastía, sino que se esforzó en darle valor añadido, con mandíbula de hierro. Su furor liberal y escasas virtudes políticas acabaron haciéndole rodar por la cuesta del desprestigio. Y, ni corto ni perezoso, decretó el independentismo de su partido, que nunca había traspasado la línea roja del autonomismo. Y con ese bagaje, se fotografió, emulando al profeta Moisés, con la vista puesta en la mayoría absoluta.

La cosa pinchó y con ello comenzó a extinguirse su estrella. Pero, aferrado al mando, Artur Mas se resistió como gato panza arriba en dar paso a quien pudiera sucederle y acabó “haciéndose a un lado”. Es decir, aparentando que se iba, saliéndose del primer plano, pero con la evidente intención de volver al timón a la menor ocasión. El sustituible, en este caso, fue Carles Puigdemont, un oscuro segundón que, aparentemente, se iba a dejar llevar por el jefe de verdad.

Pero la vida no perdona. Puigdemont, el aparente mandado de Mas, empuñó el cetro, organizó su propia corte y se lanzó a la arena, con sorprendente entusiasmo. Tenía que demostrar que dejaría pequeños a sus predecesores y así lo hizo. A costa de cualquier atisbo, no ya de cualquier reflejo democrático, sino del mero sentido común. La función acabó como ya se sabe y el mecanismo sucesorio ha vuelto a reproducirse, esta vez en la persona de Quim Torra.

También Puigdemont se ha echado a un lado, pero quizá escamado por lo que con él quiso hacer Mas, parece seguir cortando el bacalao, a costa de desencadenar una escalofriante esquizofrenia en la política catalana. Con un presidente “in pectore”, que maneja los hilos del guiñol desde la distancia, y otro que lo es con todas las de la ley. O sea, una pugna sucesoria que, interesadamente, se reviste de legitimidades duales.

Mientras tanto, cabe por ejemplo preguntarse si este orden de cosas tiene algo que ver con la democracia como hemos venido entendiéndola o es, por el contrario, su antítesis. Cuando, como en la canción de Paquita la del Barrio (Tres veces te engañé), los líderes nacionalistas redundan en unas prácticas sucesorias tan impresentables como las que llevan a cabo, solo nos queda concluir que su talante, además de rabiosamente autoritario, constituye un auténtico peligro para todos y cada uno de los pobladores de Cataluña.

En fin, interesados en meterse en profundidades en esto de las dinastías, no perderse La visita del médico de cámara, en el que Per Olov Enquist cuenta de qué modo se idiotizaba, literalmente, a los reyes europeos en el siglo XVIII, mediante sistemáticos y crueles procedimientos, con la única intención de que no ejercieran como tales. Una reflexión sobre el poder, que algo tiene que ver con lo que explican Hannah Arendt y Jonathan Littell. Y también, de algún modo, en cómo se las gastan nuestras dinastías locales.