Poco podía imaginar Francisco Franco Bahamonde que, casi cincuenta años después de su "atado y bien atado", un chaval de 46 años, que entonces aún no había nacido, mandaría exhumar sus restos y desterrarlos del ignominioso mausoleo que se hizo construir -Valle de los Caídos. La profética y amenazadora frase (la del 'atado...') la pronunció el dictador en el discurso de Navidad de 1969; bendecía así a la sucesión del entonces príncipe Juan Carlos, al tiempo que tranquilizaba a los suyos, dando a entender que se trataba del mismo perro, aunque con distinto collar.

Seis años después de dejarlo todo atado y bien atado moría el dictador y era enterrado en el Valle de los Caídos. Ahora, cuarenta y tres años después, un presidente socialista, Pedro Sánchez, casi imberbe, le enviará a la papelera de la historia. Antes, su discípulo, el mujeriego y presunto corrupto Juan Carlos, huía con el rabo entre piernas, acosado por los escándalos, y dejaba en su lugar a su hijo Felipe, el presunto 'preparado', otro, de collar diferente. Lo bueno del caso es que, por fin, a Franco se le ha desatado la historia.

Cuando el dictador murió yo sólo tenía ocho años. Así, recuerdo vagamente la efeméride. Para mí Franco era un señor del que hacíamos bromas poniéndole letra a un himno instrumental: "Franco, Franco, que tiene el culo blanco...", y poco más. Sí recuerdo que en la escuela nos dieron unos días de fiesta, ergo me alegré. En casa siempre se ha respirado un ambiente apolítico y, en consonancia, la muerte del caudillo pasó sin pena ni gloria. Sin embargo, recuerdo el ruido del cava -entonces champagne- al destaparse de los vecinos. De llantos sólo vi algunos por el único canal de televisión que había, y que entonces presidía Adolfo Suárez, que poco después nombraría presidente el ya rey Juan Carlos. Con los años fui tomando conciencia de las vomitivas barbaries del dictador. Hace varios años, unos buenos amigos de Madrid me acompañaron al Valle de los Caídos. Sentían vergüenza que un ser tan despreciable como aquel mereciera tamaño honor y la excursión sirvió de catarsis para ahuyentar los malos espíritus. Recuerdo que me dio vergüenza forma parte de un colectivo que permitía aquella injusticia.

Así, celebraré con cava, como en su día hicieron los vecinos, la exhumación del dictador. No obstante, todavía siento vergüenza por los años de honor de los que ha disfrutado el personaje. Pero, más vale tarde que nunca, o eso dicen. Por fin, todo estará desatado y bien desatado.