Cuando Franco murió, yo acababa de cumplir 19 años. Es decir, que mi colaboración en la lucha contra el dictador fue más bien escasa. Los primeros recuerdos que conservo de lucha contra la dictadura son de manifestaciones en las que participé en el paseo de Gracia de Barcelona meses después de la muerte del general golpista y donde algún amigo mío fue detenido y maltratado en comisaría. Aquellos tiempos de protesta y tensión social me permitieron avanzar en la universidad gracias a algunos aprobados políticos, lo cual no creo que haya influido demasiado en sí a lo largo de mi carrera profesional he sido mejor o peor periodista.

La transición de la dictadura a la democracia no fue nada pacífica, con muertos a manos de grupos terroristas, sobre todo de ETA, pero también de grupos de extrema derecha y de los cuerpos policiales o para-policiales. Poco a poco, la imagen de Franco fue quedando atrás y después del susto del 23 de febrero de 1981, que me pilló haciendo la mili en el Centro Regional de Mando en el barrio de Torrero, en Zaragoza, nos acostumbramos a vivir en una sociedad democrática equiparable a las de nuestro entorno. La entrada de España en la Comunitat Europea alejó la duda de si los militares (que no habían sufrido ninguna purga al acabar la dictadura) podían reeditar otra tentativa de golpe de Estado.

Tuvimos reforma, no ruptura. Los crímenes del franquismo quedaron impunes y los partidarios del dictador siguieron visitándolo a su mausoleo en el Valle de losCaídos . Desmontar la escultura franquista que hay en medio del río Ebro a la altura de Tortosa sería más fácil que rehacer el despropósito monumental construido por presos republicanos entre los años 1940 y 1958 en San Lorenzo del Escorial.

Que es una vergüenza que todavía se puedan hacer peregrinaciones para honrar la tumba del dictador más de cuarenta años después de su muerte es un insulto cotidiano inadmisible. Oponerse a la exhumación y traslado de los restos de Franco a otro emplazamiento más discreto es situarse en el lado equivocado de la historia.

Por eso cuesta de entender que desde asociaciones de defensa de la Memoria Histórica se califique de paripé la decisión del gobierno español de sacar los restos del dictador de Valle de losCaídos. Se entiende que los nostálgicos del franquismo, y hay un buen puñado en las filas de la derecha española, critiquen y pongan trabas a una decisión que llega demasiado tarde. Pero que coincidan con ellos quienes teóricamente velan por la reparación de la justicia con las víctimas del franquismo es una muestra más que la enfermedad que sufre Catalunya los últimos años está logrando unos niveles de fiebre demasiado altos.