Tendremos que esperar unos cuatro meses, pero tampoco pasa nada porque ya hemos esperado 43 años. Decían que nuestro silencio era imprescindible por el bien de la democracia, dejando entrever que si levantábamos la voz volverían los verdugos, y obedecimos una vez más. Es cierto que la exhumación de los restos del último dictador español del mausoleo construido con las manos de 20.000 presos políticos llega muy tarde y no borra la huella que el franquismo ha dejado en las estructuras del Estado, pero es un gesto y los herederos de las víctimas necesitan gestos. Sobre todo porque a diferencia de otros países europeos que en el pasado sufrieron dictaduras similares y han hecho limpieza, en España las manifestaciones de exaltación al franquismo menudean con total impunidad.

Pero yo no quiero escribir sobre si los huesos de Franco harían un buen caldo. Yo lo que quiero es reclamar al gobierno Sánchez que España deje también de ser lugar de eterno descanso de otros verdugos a quien el dictador acogió con los brazos abiertos. Uno de ellos es Ante Pavelic, el caudillo fascista croata cuyos restos descansan en el cementerio madrileño de San Isidro. La dictadura de Pavelic persiguió a judíos, serbios, gitanos y comunistas, y fue motivo de inspiración para los propios nazis por su brutalidad. El líder de los ustacha promulgó leyes antisemitas a pesar de estar casado con una mujer judía y creó campos de exterminio como el de Jasenova, donde algunas fuentes cifran en 600.000 las personas asesinadas.

Después de la segunda guerra mundial Ante Pavelic y su familia se refugiaron en el Madrid franquista de finales de los años cincuenta. Su hija Visnja Pavelic murió el día de Navidad del 2015 a los 93 años y siempre defendió la indefendible integridad moral de su padre. Es más, en una entrevista concedida a un medio de información croata, no dudaba en calificar de falsas las acusaciones de genocidio que pesaban sobre él y disfrutó de una vida regalada gracias a la fortuna familiar y a las donaciones de la emigración croata. Visnja está enterrada en el panteón familiar con sus padres y su hermano Velimir, quien también vivió en Madrid hasta su muerte a finales de los años ochenta. La otra hermana, Mirjana, vivió en Canadá hasta su muerte en el año 2005.

Otro ejemplo es el del francés Louis Darquier de Pellepoix, muerto el 29 de agosto de 1980 a los 81 años y enterrado en Carratraca, un pequeño pueblo de origen árabe de 900 habitantes situado a 56 kilómetros de Málaga. Para saber quién era hace falta haber leído antes la obra de Primo Levi. En uno de los capítulos del tercer libro Los hundidos y los salvados que conforma la Trilogía de Auschwitz, el escritor italiano habla de los nazis que consiguieron esfumarse de la justicia después de la guerra y rehicieron su vida como si nada hubiera pasado. Es el caso de Darquier, comisario del gobierno Vichy, encargado de los asuntos judíos y principal responsable de la deportación desde Francia hasta campos de concentración nazis de más de 100.000 personas de origen judío, tanto francesas como refugiadas de otros países europeos.

Francia lo condenó a muerte en rebeldía el año 1947 pero no sirvió de nada. Aprovechando el descontrol después de la guerra, el francés se evaporó y con la fortuna conseguida con el expolio a las víctimas vivió un exilio de oro en España. La condena prescribió en 1968 y nadie habría sabido nada de él si no es porque unos periodistas de la revista L’Express lo localizaron en Carratraca y lo entrevistaron el 28 de octubre de 1978. Lejos de arrepentirse, Darquier minimizó las deportaciones masivas. Francia lo volvió a procesar por crímenes de guerra pero tampoco sirvió de mucho porque entonces no había ningún convenio de extradición con la España posfranquista.

La lista de esqueletos con currículos atroces es larga y España no puede continuar siendo refugio de tanta infamia.