Resulta desconcertante y dañina, la torre de babel que ha erigido el Procés, llamando a las cosas por otro nombre, tergiversando las palabras, engañando, en definitiva. Todo lo cual no es casual, ni de hoy, ni se remite al lenguaje. La travestización intencionada de los presupuestos ideológicos, haciendo pasar gato derechista por liebre de izquierdas, es tan vieja como el propio nacionalismo.

En el ADN del nacionalismo catalán, y no solo en él, está muy presente la alianza, aparentemente contra natura, del carlismo y la parte baja del liberalismo, con un papel relevante de la Iglesia. Stéphane Michonneau, profesor de historia en la universidad de Lille y autor de numerosas obras sobre Cataluña, apunta que el nacionalismo catalán "supo aliarse a los círculos carlistas, muy numerosas en la vieja Cataluña pirenaica, asumiendo algunas de las cuestiones que lo estructuran, como la defensa del catolicismo". El propio Jordi Pujol, en su libro El caminant davant del congost, se reclama sin complejos heredero del carlismo: "un movimiento enormemente importante, popular y auténtico".

El nacionalismo catalán, al igual que el vasco, nace en medio de una revolución industrial, que genera en ambos territorios una clase obrera numerosa, organizada y politizada. La feroz lucha de clases que ocasiona no es ajena al nacionalismo, sino todo lo contrario. Las tensiones sociales y políticas hacen de Barcelona la "Rosa de fuego" de finales del XIX. La izquierda obrera, anticlerical y revolucionaria constituye la antítesis del nacionalismo de las clases medias, homogeneizadas por la Iglesia y la burguesía dominante.

Sintiéndose amenazado por la gran burguesía, entonces exultante, y la clase obrera ascendente, el nacionalismo se maquilla, se subdivide y tiende, como algunos antibióticos, a ser de amplio espectro. Pero en el fondo permanece incólume. En su afán hegemónico, no duda en disfrazarse de izquierdismo, hasta extremo (como ponen de manifestó ETA y la CUP), o nominarse de izquierdas (ERC) y dar el pego. Porque es el cemento patriótico el que, en definitiva, explica su razón de ser. De ahí, por ejemplo, su querencia frentista: un solo pueblo, una sola idea, un objetivo común.

Así las cosas, poco tiene de extraño que el nacionalismo catalán y no solo él, se dediquen al cultivo progresista, hasta el punto de que Jordi Pujol llegó a declararse partidario del socialismo autogestionario y el PNV farda de liderazgo sindical, con su ELA-STV. Harina de otro costal son los hechos, como votar con el PP contra la legalización del aborto, y las mil y una decisiones políticas radicalmente de derechas promovidas por el nacionalismo, como las célebres tijeras de Artur Mas.

El nacionalismo necesita, perentoriamente en el caso catalán, ampliar su base social, suscitar simpatías, y nada mejor para ello que disfrazarse de cordero. Cosa que la iglesia católica ha cultivado con mimo a lo largo del tiempo. Y así no es de extrañar que el halo progresista siga refulgiendo en torno a la imagen sagrada del nacionalismo, a pesar de sus pesares derechistas, sino francamente reaccionarios. Asunto que, al final, no deja de ser una manifestación más del peor supremacismo. El de considerarse no solo económica, moral y culturalmente superiores, sino el de estar tocados por la divina gracia del progresismo, como contrapunto al carca del enemigo.