Hace unos cuantos veranos fui a parar por casualidades de la vida a una residencia de vacaciones en la sierra madrileña. Fueron unos días que quiero olvidar rápido y no sólo porque parecía un sanatorio para jubilados y la mayoría de los huéspedes hacían un tufo a Santiago y cierra España que ponía los pelos de punta. Me tocó una habitación con unas vistas magníficas al valle, me dijo la recepcionista emocionada. Yo, escéptica por deformación profesional, abrí la puerta con el corazón en un puño. La estancia parecía la celda de una monja con una cama de hierro que chirriaba y un gotelé que se caía a trozos por la humedad, así que confié en el buen criterio de la señora y corrí hacia la inmensa ventana.

Mi vista se perdió en un extenso llano sumergido en la niebla donde se intuía Madrid al fondo con la Moncloa en primer término. Mis ojos inquietos no tardaron mucho en detectar un objeto extraño situado a mano derecha que rompía la armonía horizontal. Me costó identificar qué demonios era aquella cosa gigante de color gris hasta que caí en la cuenta: era la cruz de 130 metros que corona el Valle de los Caídos, el mayor insulto a la memoria de los vencidos, que es la mía. ¡Acababa de llegar de Madrid todavía en estado de shock después de comprobar el tamaño de la bandera de España de la plaza Colón y sólo me faltaba aquello! El hotel estaba lleno, así que cada mañana durante cuatro días la puta cruz fue lo primero que vi al descorrer la cortina.

La aventura en la sierra madrileña comenzó con mal pie y acabó peor. El taxista que me llevó desde el aeropuerto me torturó todo el viaje con los grandes éxitos de Raphael -incluido El Tamborilero-, y la única excursión organizada que hacían desde el hotel era, precisamente, la visita a la cripta donde yace el dictador atormentado por sus demonios. Me negué a apuntarme por razones obvias y se quedaron bastante sorprendidos. No comprendían cómo es que no quería visitar el monumento. Yo, pensando que eran todos demócratas y tenían sentido del humor, les dije que era catalana, republicana y anticlerical, y que no entendía cómo al comando Madrid de ETA no se le ocurrió nunca volarlo con un coche bomba. Después de esto, sólo me quedó pedir la cuenta y huir con el autobús de línea.

Pedro Sánchez ha vuelto a poner encima de la mesa la reconversión de este mausoleo de la ignominia en un centro de recuperación de la memoria histórica y esto incluye el traslado de los restos del caudillo. A diferencia de otros sátrapas, él murió en su cama y no fusilado por golpista en una cuneta, fue enterrado con todos los honores y no sepultado en una fosa común y su tumba es el principal reclamo turístico de la zona. Ya veremos cómo acaba la aventura –si en real decreto, en proyecto de ley o en humo- pero en cualquier caso la decisión llega con décadas de retraso para insulto de las víctimas de este verdugo y sus familias. Y todavía es más grave teniendo en cuenta que el PSOE ha gobernado España durante 21 años si sumamos los ejecutivos de González y ZP.

También ha trascendido que el presidente del gobierno central quiere ilegalizar la Fundación Francisco Franco, aunque para hacerlo posible primero se tendrá que cambiar la ley de asociaciones y fundaciones, e incluir el delito de apología del franquismo en el Código Penal. Que no se haya hecho nunca demuestra la democracia de pacotilla que tenemos. Además, no es la primera vez que los socialistas nos venden esta moto. Como pasó con el Estatut que no fue, Rodríguez Zapatero también se comprometió a acabar con esta guarida de franquistas que viven de la bicoca pública. Donde digo dije, digo Diego, que dicen. Así que prefiero esperar la buena nueva sentada porque ya empiezo a estar cansada de tanta cobardía.