Toda nación, nacionalidad o similar que se precie tiene, cómo no, su fiesta nacional. Atributo que, junto a la bandera y el himno, constituyen los mimbres simbólicos de la patria. La de Cataluña es el 11 de septiembre. Se conoce como la Diada y, oficialmente, data de 1980. Conmemora la toma de Barcelona por James Fitz-James Stuart y Churchill (duque de Berwick), hijo ilegítimo de Jacobo II de Inglaterra, en la Guerra de Sucesión, un conflicto internacional que duró de 1701 a 1716.

Como es natural, el controvertido acontecimiento histórico, como casi todos los que se asocian a reales o ficticias epopeyas nacionales, sigue haciendo correr ríos de tinta. Cosa que no suele ser obstáculo, sino todo lo contrario, para zanjar la cosa con un reduccionismo escalofriante. “Esta victoria (la de Berwick) -reza la Wikipedia- conllevó la abolición de las instituciones catalanas, tras la promulgación de los Decretos de Nueva Planta, en 1716”. Es decir, recalca, “lo que puso fin al modelo ‘federal’ de monarquía, o ‘monarquía compuesta’, de los Habsburgo españoles”. Así de simple.

O sea, que Cataluña, víctima colateral de un conflicto entre superpotencias de la época, pierde sus instituciones, porque los malos (botiflers) ganaron a los buenos (austriacistas o vigatans), y con ello se fue a pique la monarquía de los Habsburgo en España y el federalismo que la significaba, aunque sea entre comillas. Así ha cristalizado la cosa en el relato oficial dominante, así debe enseñarse en las escuelas, y así nos va.

En esta tesitura, no cabe menos que cuestionarse qué eran, por ejemplo, en 1714 las instituciones catalanas, el federalismo (que, por cierto, no aparece hasta mucho después) y hasta la propia existencia de Cataluña, tal y como hoy la conocemos. Hasta el propio historiador Josep Fontana, que no ocultó sus querencias nacionalistas, sino todo lo contrario, apunta que “la Guerra de Sucesión fue también un conflicto entre opciones por sociedades diferentes: las transformaciones de un lado y el absolutismo de otro”.

Pero lo que ni Fontana, ni la historiografía en general, han hecho es adentrarse en contar cómo lucía aquella época, en sentido amplio. Cómo eran y qué hacían los poderosos y los menesterosos. Para eso, hay que recurrir más bien a la literatura u otras fuentes del conocimiento. Porque las luchas de poder, las gestas, derrotas y fracasos que constituyen el meollo de la narración histórica, y que tan proclives son a interpretarse a la luz mortecina del romanticismo, transcurrían en un escenario que sólo percibimos a retazos, de manera distorsionada y desde la perspectiva imposible de nuestro tiempo.

Un paisaje humano que, por ejemplo, nos describe, magistralmente, José Saramago en su Memorial de un convento. La guerra, permanente, las epidemias, los fastos religiosos, las levas, el Santo Oficio… El abuso de poder de la monarquía absoluta, los prejuicios, las injusticias, el dolor que un sistema autoritario impone a sus súbditos, la infamia religiosa, la ceguera del colonialismo, el fanatismo… Un mundo horrible, en el que hasta los reyes son devorados por los piojos y Lisboa huele a carne humana asada.

Así por toda Europa. Actos de fe, como el presidido por Carlos II, el 30 de junio de 1680, durante el cual 120 acusados, casi todos judaizantes oriundos de Portugal, fueron juzgados. Escenarios en los que cada clase social tenía una manera propia de ser ajusticiados: la horca para la gente del pueblo y el hacha para la nobleza. Como la que acabó con la vida de Johann Friedrich Struensee el 5 de abril de 1768 (Peter Olov Enquist, La visita del médico de cámara) por cometer la osadía de introducir las ideas de la Ilustración en la corte del rey danés Christian VII. Un rey que, como todos los de Europa, fue sometido de manera deliberada a malos tratos físicos y espirituales durante su infancia con la siniestra finalidad de idiotizarle y así poder manejarlo mejor en su vida adulta.

Un panorama, en fin, este de 1714, que se dibuja nada envidiable. Incluso para los que, de manera natural, tienden a idealizar un pasado sacralizado por el fuego sagrado de los mitos.