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CATALÁN CASTELLANO
15-05-2018
Munté
Por fin se clarifica un poco el galimatías electoral barcelonés. Ahora que los convergentes tuneados han escogido a Neus Munté como alcaldable, ya podemos empezar a hacer quinielas. Será un año duro de aguantar con especulaciones, reproches y falsas verdades que nos harán enrojecer de vergüenza ajena, pero la política de vuelo gallináceo que nos ha tocado vivir es esta, mientras la ciudadanía no se plantee y reclame unos representantes públicos a la altura de las circunstancias. Era previsible que Munté se impusiera a Carles Agustí, de la misma quinta que ella y con un currículum de partido similar. Sin embargo, Munté es, mediáticamente hablando, mejor; es mujer y no hay ningún indicio que nos haga sospechar que acabará mordiendo la mano de su amo. Una buena elección para parecer que todo ha cambiado cuando todo sigue igual.

Yo, que soy de letras puras, siempre he tenido la manía de analizar los números cuando hay votaciones. Lo hago porque soy desconfiada y mal pensada, y aunque los resultados acostumbran a cuadrar, la lectura pública que se hace de ellos siempre es retorcida. En este caso, de los 1.675 censados en la federación barcelonesa del PDeCAT que tienen derecho a voto, resulta que solo han participado en las primarias el 36%, es decir, 603 personas. De estas, el 68% ha votado a Neus Munté y el 28,76 ha votado a Carles Agustí, cosa que me lleva a concluir que la alcaldable solo ha recibido el apoyo de 410 militantes. Probablemente, la razón de la baja participación sea que los convergentes barceloneses estaban tan emocionados con el intelectual orgánico Quim Torra que se olvidaron de las primarias.

Neus Munté despega hacia el Ayuntamiento de Barcelona con poco apoyo de sus desorientadas bases, pero si alguna cosa hemos aprendido es que en un día pueden pasar tantas cosas inesperadas que es mejor sentarse y esperar. A la exconsejera del gobierno Mas le queda un año por delante para trabajar las interferencias que pueden provocar Jordi Graupera y Ferran Mascarell, y sacar provecho encabezando una candidatura transversal. Serán meses de duro trabajo porque su adversaria, la hAda Colau, juega con ventajas: puede mostrar el trabajo hecho esta legislatura –poco, es cierto, por su inexperiencia política y también por su debilidad numérica- y tiene toda la maquinaria municipal a su servicio para convencer al votante decepcionado y comprar nuevas voluntades con promesas de hacerlo mejor la próxima vez.

No sé hasta qué punto Munté conoce el terreno de juego. En cambio, Colau se mueve como pez en el agua. Munté regresa de su retiro espiritual en el cementerio de elefantes que es el Área Metropolitana de Barcelona, donde ha cobrado una morterada por hacer ver que trabajaba como asesora del PDECat, cosa que nos tendría que escandalizar porque no es el único caso. La alcaldable neoconvergente aterriza en una tierra hostil porque en Barcelona no todos compran el discurso esotérico de la patria, como bien sabe Alfred Bosch. Además, tendrá que comenzar por ordenar el pisito que le ha dejado en herencia un Xavier Trias que se va a preparar nuevos actos de homenaje a Jordi Pujol llevándose consigo parte de su equipo y dejando algún escorpión escondido con muchas ganas de clavar el aguijón a la recién llegada.

Si hay alguien a quien ha de preocupar que Neus Munté se apunte a la carrera por Barcelona, esos son los republicanos. El histriónico Alfred Bosch no ha sido un buen líder, como lo han demostrado estos tres años de comportamiento político errático y chapucero que no solo han sacado de quicio a Colau, sino que la mediocridad de su peculiar grupo municipal clama al cielo. Bosch se ha impuesto como alcaldable en unas primarias donde no ha osado presentarse nadie más por miedo a perder la cabeza. El gran equipo que construyó Oriol Amorós ha pasado a la historia, con alguna excepción que todavía resiste escondida en algún distrito sensible. Y Trini Capdevila hace ya tiempo que se olvidó de que un día fue activista vecinal y ahora solo se dedica a hacer amistades en actos oficiales. ¡Hagan juego, señores!
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